miércoles, 21 de junio de 2006

Perdonar...


¿Cómo es posible hacer el bien a quien nos hace daño?
El perdón y el buen trato a quienes nos han hecho daño es, ciertamente, difícil. Pero no imposible. Además, es conveniente y necesario. Y, adicionalmente, nos lo ordena muy estrictamente, Dios nuestro Señor.
Hay que recordar que seremos perdonados por Dios como nosotros perdonemos a nuestros semejantes. Si no estamos dispuestos a esto no podemos siquiera rezar el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” .
Pareciera que Jesús quiso medir su Perdón con la misma medida de nuestro perdón. Si realmente nos diéramos cuenta de cómo somos, de cuánto le fallamos a Dios y a nuestros semejantes, podríamos comenzar a ser magnánimos y comprensivos, y podríamos empezar a comprender la necesidad que tenemos de ser perdonados y de perdonar.
Podríamos comenzar con revisarnos interiormente, porque no basta perdonar externamente, es decir, no desquitarse o vengarse de alguna manera ante el daño recibido. Esto no basta. Recordemos que el deseo de venganza, como cualquier pecado, comienza a crecer en nuestro interior, y si allí se anida, brota en cualquier momento, en cualquier forma.
Así, aunque no lleguen a expresarse externamente, es preciso -además- ir evitando todo sentimiento y pensamiento de rencor, de resentimiento, de falta de perdón, que pretendan anidar en nuestra alma. Esto ensucia el alma. Y Dios, que todo lo ve y todo lo conoce, se da cuenta de nuestros sentimientos ocultos en contra de nuestros semejantes.
El nos exige amar como El nos ama. Y El nos amó hasta la muerte ... a pesar de nuestras faltas, de nuestras infidelidades para con El, de nuestros “no” a sus deseos.
Sí. Esta es una exigencia que pareciera imposible cumplir. Pero es imposible en la medida que tratamos de cumplirla por nosotros mismos. De hecho, nuestra naturaleza humana herida por el pecado, nos inclina a la venganza.
Sólo Dios en nosotros puede perdonar en nosotros el mal que nosotros preferiríamos vengar. ¿Cómo puede Dios actuar así en nosotros? Debemos buscar a Dios en la oración. Debemos orar para perdonar.
Un buen ejercicio de oración para aprender a perdonar es precisamente la frase del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofrensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Al rezar el Padre Nuestro y al repetir esta frase, se puede pensar en los que nos han ofendido y ponerlos ante el Padre Celestial, tal vez diciendo interiormente al Señor: “Tú sabes, Señor, lo que me cuesta. Tú sabes, Señor, lo que siento. No puedo perdonar. Pero sí quiero perdonar, porque Tú me lo pides. Perdona Tú en mí, Señor”.
Por cierto, el perdón a los enemigos es una singularidad del cristianismo, porque la exigencia del perdón no está enunciada en ninguna otra religión. Esto nos lo menciona el Papa Juan Pablo II en su mensaje con motivo de la Cuaresma del año 2002, que trata precisamente sobre el perdón.
(*)

lunes, 12 de junio de 2006

Oración... (III)


Oración para los momentos difíciles
Señor, ya está aquí la cruz.
Y yo me desoriento, y experimento una vez más la impotencia de ser hombre.
La oscuridad me rodea, mientras voy buscando a tientas Tu rostro. Te confieso que la prueba se me hace muy dura, demasiado larga esta vez.
No puedo más, Señor. No puedo.
Ya no estoy seguro de nada, ni estoy para nada.
Te veo en la Cruz, pero dudo, y el desaliento hace que me derrumbe en medio de la noche.
Intento rezar, pero ni eso puedo.
Te hablo, pero la oración rebota en las frías paredes del silencio.
Sé que estás aquí, que me observas y que me escuchas. Lo sé, y aunque no sienta nada quiero creerlo. Es más, lo creo. Creo en Tu divina Providencia que me prepara para algo que se me escapa.
Te lo entrego todo. Mi pesar, mis miedos, mis sentidos, mi futuro… Ocúpate Tú ahora de mis cosas, de la incertidumbre que ahora ahoga mi alma, tan llena de miserias.
Espero sólo en Ti. Sobre todo en este momento en el que no veo ninguna salida.
Haz que Tu rostro amanezca pronto en el horizonte de mi confusión.
“Te estoy llamando, ven deprisa”.
Señor mío, sin Ti no entiendo lo que me sucede, ni sé cómo reaccionar.
Sin Ti, ¡es todo tan difícil! Ven, ven pronto, sálvame de mi mismo, no te fíes de mí.
Toma mi corazón, dame fuerza y valor, y líbrame de mis inquietudes e iniquidades.
Ante Ti quiero humillarme y ofrecerte lo que soy. Es decir, nada. Creía que podía algo por mí mismo, y ya me ves, cada día que pasa soy más atolondrado.
A pesar de las tinieblas Te pido el don de la alegría.
A pesar de las dificultades y del sufrimiento Te quiero más que nunca y espero sólo en Ti.
Por favor, no me dejes.
Ayúdame a sacar fruto abundante de este momento difícil.
No dejes que caiga en la tristeza o en la angustia.
No entiendo, no puedo…, pero soy hijo Tuyo.
Líbrame pues de esta contrariedad. Si quieres, si lo ves conveniente.
Y hasta que ese momento llegue quiero abandonarme a ella, seguir Tu ejemplo redentor, abrazándome a Tu Cruz, junto a María. Porque ya no quiero ni deseo otra cosa que no sea Tu voluntad. Para resucitar siempre a la misericordia de Tu amor infinito.

(Guillermo Urbizu)