domingo, 18 de mayo de 2008

Oraciones por la Paz

Oh, Dios, Creador del universo,
que extiendes tu preocupación paternal sobre cada criatura
y que guías los eventos de la historia a la meta de la salvación;
reconocemos tu amor paternal
que a pesar de la resistencia de la humanidad
y, en un mundo dividido por la disputa y la discordia,
Tú nos haces preparar para la reconciliación.
Renueva en nosotros las maravillas de tu misericordia;
envía tu Espíritu sobre nosotros,
para que él pueda obrar
en la intimidad de nuestros corazones;
para que los enemigos puedan empezar a dialogar;
para que los adversarios puedan estrecharse las manos;
y para que las personas puedan encontrar entre sí la armonía.
Para que todos puedan comprometerse
en la búsqueda sincera por la verdadera paz;
para que se eliminen todas las disputas,
para que la caridad supere el odio,
para que el perdón venza el deseo de venganza.
(Juan Pablo II)
(Día Mundial por la Paz, 1 de enero del 2002)



Señor, hazme un instrumento de tu paz:
donde haya odio, ponga yo amor,
donde haya ofensa, ponga yo perdón,
donde haya discordia, ponga yo armonía,
donde hay error, ponga yo verdad,
donde haya duda, ponga yo la fe,
donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
donde haya tinieblas, ponga yo la luz,
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
Oh, Señor, que no me empeñe tanto

en ser consolado como en consolar,
en ser comprendido, como en comprender,
en ser amado, como en amar;
porque dando se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
muriendo se resucita a la vida .
Amén.

(San Francisco de Asís)

martes, 13 de mayo de 2008

La más tierna de las Madres


María.
La más tierna de las madres y la más poderosa de las reinas Ella nos consolará, nos confortará, nos acompañará en el camino de la vida.
El sacerdote y escritor español José Luis Martín Descalzo narra en una de sus obras:
«Recuerdo que hace ya muchos años, me encontraba desayunando en la cafetería de un hotel de Roma.
Se me acercó una chica japonesa, y me preguntó si yo era sacerdote.
Le respondí que sí, y entonces me dijo a bocajarro:
–“¿Podría usted explicarme quién es la Virgen María?”.
Sus palabras me sorprendieron tanto que sólo supe responder: –“¿Por qué me hace esa pregunta?”.
Y aún recuerdo sus ojos tan conmovidos cuando me explicó:
–“Es que ayer oí rezar por primera vez el Avemaría, y no sé por qué me he pasado toda la noche llorando”.
Y entonces tuve que explicarle que también yo necesitaría pasarme muchas noches llorando para poder responder a esa pregunta....».

Y para ti, querido amigo, ¿quién es la Virgen María?...
La solemnidad del día de hoy nos da una respuesta, que corresponde a uno de los muchos títulos de María Santísima:
1) María es la Madre de Dios.
¡Tantas veces lo hemos escuchado y lo rezamos cada día que tal vez ya nos hemos acostumbrado!
Debido a nuestra educación y al ambiente en el que vivimos, tal vez ya no nos impresiona ni nos dice nada –como sucede, tristemente, con tantas otras verdades y misterios de nuestra fe—.
A fuerza de repetir las cosas, nos hemos arrutinado e insensibilizado.
Pero no era así para los cristianos de los primeros siglos de la Iglesia. Les parecía algo increíble, inaudito y –si me permiten la expresión— algo apoteósico.
¿Cómo era posible que una criatura humana pudiera ser la madre del Dios infinito y omnipotente? Eso sólo cabía en los mitos paganos y en los círculos heréticos de la religión politeísta. Y tanto era así que insignes teólogos de entonces se opusieron rotundamente a esta afirmación. Y cuando no aceptaron la doctrina de la Iglesia, se convirtieron en “herejes”: Arrio, Nestorio y otros.
¡María Santísima es realmente la Madre de Dios!
Así lo había revelado Dios mismo en la Sagrada Escritura y lo ratificaban los Santos Padres y los Concilios de la Iglesia.
Fue en Éfeso, el año 431, cuando se proclamó solemnemente a María como la “Theotókos”, la que engendró a Dios. Y después de once siglos exactos, el año 1531, María de Guadalupe se aparecía en México al indio Juan Diego, diciéndole: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive”.
María ha engendrado al Hijo de Dios y Dios ha nacido de las entrañas purísimas de María porque Él así lo ha querido.
El Verbo se hizo carne en María y así pudo habitar entre nosotros, para redimirnos y realizar el plan de salvación. Gracias a ella, Dios ha podido hacer nuevas todas las cosas.

Como afirma bellamente san Anselmo: “Dios, a su Hijo, el único engendrado de su seno igual a sí, al que amaba como a sí mismo, lo dio a María; y de María se hizo un hijo, no distinto, sino el mismo, de suerte que por naturaleza fuese el mismo y único Hijo de Dios y de María.

Toda la naturaleza ha sido creada por Dios, y Dios ha nacido de María.
Dios lo creó todo, y María engendró a Dios.
Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo de María;
y así rehizo todo lo que había hecho.
El que pudo hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas, no quiso rehacerlas sin María.
Por eso, Dios es padre de las cosas creadas y María es madre de las cosas recreadas.
Dios es padre de la creación y María es madre de la universal restauración”.

2) Y María, por ser la Madre de Dios, es también todopoderosa como Medianera.
San Bernardo y los Santos Padres solían llamarla “Omnipotentia supplex”, la Omnipotencia suplicante. Porque es la más poderosa de las reinas y la más eficaz de las intercesoras.
En Caná arrancó a su Hijo el primer milagro “cuando aún no había llegado su hora”.
Y puede hacer siempre lo mismo, si acudimos a ella con fe, con confianza y amor filiales, pues una madre no niega nada a un hijo.

Los siglos XV y XVI fueron una gravísima amenaza para la cristiandad.
Los turcos arrasaban Europa con la pretensión de conquistarla para el Islam (hoy también se cierne un peligro no muy diferente).
Y entonces el Papa Pío V armó a la Iglesia con el santo Rosario para la defensa de la civilización cristiana.
El 7 de octubre de 1571 la flota cristiana presentó batalla a los turcos en Lepanto.
La victoria fue clamorosa.
Por eso el sultán Solimán decía: "Le tengo más miedo a las oraciones del Papa que a los ejércitos europeos".
¡A las oraciones a María Santísima!

Fátima, Lourdes, persecución de la Iglesia en el siglo XX y XXI...
Las cosas no han cambiado demasiado.
Y María sigue siendo hoy y siempre el “Auxilio de los cristianos”.

3) María es también mi Madre.
Entonces, con María, ¡estamos seguros, somos poderosos!
San Estanislao de Kotska solía repetir, lleno de ternura y emoción:
“¡La Madre de Dios es también mi madre!”.
Y en esta expresión encerraba toda su relación íntima, personal y afectiva con María Santísima. Un amor mutuo que enlazaba ambos corazones y en él se sentía acogido y protegido.

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige.
No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna.
¿No estoy yo aquí que soy tu madre?
¿No estás bajo mi sobra?
¿No estás por ventura, en mi regazo?”…
Ya sabemos de quién son estas palabras.
¡Todos necesitamos de una madre, necesitamos de María!
Sobre todo en los momentos difíciles de la vida, en la aflicción, en la soledad, en la tribulación.
Ella nos consolará, nos confortará, nos acompañará en el camino de la vida hasta llegar al cielo, a la presencia adorable de su bendito Hijo.

Por eso, en este día en que iniciamos el Año nuevo y en el que celebramos la solemnidad de la Madre de Dios, acudamos a nuestra Madre santísima, postrémonos ante ella, acojámonos en su regazo maternal y, con todo el afecto de nuestro corazón, consagrémosle todo nuestro ser.

¡Ella es la más tierna de las madres y la más poderosa de las reinas!
Con ella todo lo podemos.
Pidámosle con todas las veras de nuestra alma lo que traigamos en lo más íntimo de nuestro corazón y ella nos lo concederá.
Y ojalá que nosotros también podamos decir, como el Papa Juan Pablo II:
“Totus tuus, Maria, ego sum!”,
“Todo tuyo, María, yo soy!”.
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Autor: P. Sergio Córdova LC Fuente: Catholic.net

Invocación al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo un Rayo de tu Luz.

Ven, Padre de los pobres,

ven dador de los dones,
ven, luz de los corazones.

Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
suave alivio,
descanso en la fatiga,
brisa en el ardiente estío,
consuelo en el llanto.

¡Oh, luz santísima,
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles!
Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.

Lava lo que está sucio,
riega lo que está seco,
sana lo que está enfermo,
doblega lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está desviado.

Concede a tus fieles que en ti confían
tus sagrados dones.
Dales el premio de la virtud,
dales el fuero de la salvación,
dales la felicidad eterna.

Amén. Aleluya, Aleluya.

V/ Envía tu espíritu Señor,
y será una nueva creación.
R/ Y renovarás la faz de la tierra.

martes, 6 de mayo de 2008

Es a Jesús a quien buscas...


“Es a Jesús a quien buscan cuando sueñan la felicidad;
es Él quien los espera cuando no los satisface nada de lo que encuentran;
es Él la belleza que tanto los atrae;
es Él quien los provoca con esa sed de radicalidad que no les permite dejarse llevar del conformismo;
es Él quien los empuja a dejar las máscaras que falsean la vida;
es Él quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar.
Es Jesús el que suscita en ustedes el deseo de hacer de sus vidas algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejarse atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometerse con humildad y perseverancia para mejorarse a ustedes mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna.”

S.S. Juan Pablo II
Discurso en la Vigilia de Oración
XV Jornada Mundial de la Juventud
Tor Vergata, 19 de Agosto de 2000

jueves, 1 de mayo de 2008

Beato Rafael

«Hoy he salido de casa cuando empezaba a anochecer.
Atravesé las calles principales de la ciudad, y un poco aturdido del barullo del gentío, de los coches y de las luces, me dirigí donde mi espíritu necesitaba, a la casa de Dios.
Ésta estaba casi desierta; una beata mascullaba oraciones delante de un altar mal alumbrado; otro grupo de mujeres cuchicheaba, junto a un confesionario, y el Señor, Dios de la creación, el juez de vivos y muertos, estaba en el Sagrario olvidado de los hombres…
En la paz y en el silencio del templo, mi alma se abandonaba a Dios. Veía pasar por delante de mí todas las miserias y todas las desgracias de los hombres, sus odios y sus luchas, y pensaba que si este Dios que se oculta en un poco de pan no estuviera tan abandonado, los hombres serían más felices, pero no quieren serlo».
(Beato Rafael)
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