miércoles, 24 de junio de 2009

Cuando los cristianos no van a Misa


Muchos de los jóvenes que se dicen cristianos no van a Misa. Ni siquiera los que van a clase de religión o asisten a la catequesis. Entre los 18 y los 25 años, ¿estamos seguros de que más de un 10% va a Misa asiduamente?. Y los que van tienen que soportar frecuentemente las burlas de sus compañeros. Hoy entre los jóvenes, ser religioso es algo así como estar mal de la cabeza. Se puede creer en los astros, en los adivinos, en la magia blanca o negra. Pero creer en Dios y en Jesucristo levanta sospechas. La superstición está mejor vista que la verdadera religión. También un considerable número de cristianos adultos no van a Misa. Es duro pero es verdad.

Los sacerdotes, los educadores y los padres y madres de familia cristianos no podemos considerar este hecho como irreversible. Hemos de examinar seriamente este fenómeno y tratar de cambiar la tendencia. La participación en la eucaristía es el ejercicio primordial de la fe cristiana. La Misa "no da igual”, no vale ir sólo “cuando nos apetece”. Ni vale tampoco refugiarse en aquello de “a mí no me dice nada” o “los que van a Misa muchas veces son peores que los demás". Todo esto huele demasiado a subjetivismo, a excusas y a un menosprecio real de la Eucaristía.

La reacción no puede consistir en insistir más en las antiguas consideraciones. Si no hay verdaderos convencimientos y una auténtica valoración personal de la Misa no vamos a conseguir nada. Hoy los mecanismos de la mera imposición, del castigo o del temor no funcionan. Tenemos que despertar en los cristianos jóvenes una estima y valoración personal de la Eucaristía como una necesidad para la propia vida. ¿Cómo? Esa es la cuestión.

Primero y principal, desarrollando en nosotros esa misma estima y valoración. Si los jóvenes ven que sus padres no van a Misa, si ven que algunos cristianos adultos comprometidos tampoco van, y todo esto ocurre con el silencio resignado de los sacerdotes, es lógico que saquen la conclusión de que se trata de algo poco importante. Primero de todo: dar buen ejemplo, sentir, vivir, sacudir la pereza y el respeto humano. ¿Y después?

Junto con el testimonio de las personas cercanas y valoradas, los jóvenes necesitan una buena presentación de los valores fundamentales de la Eucaristía. Unas buenas catequesis, atractivas, inteligibles y personalmente asimiladas harán surgir y crecer la estima y la valoración de la Eucaristía. Con tiempo, de manera muy personal.

La estima de la Eucaristía tiene que apoyarse en unas ideas claras y en unas experiencias vividas. Podemos decir que la Eucaristía es la asamblea festiva de la comunidad cristiana, pero si los jóvenes nos ven serios y aburridos, no volverán a celebrarla. Si la Palabra de Dios no se proclama convenientemente y las homilías son largas y aburridas, no lograremos convencerles de que en la Escritura podemos encontrar luz, apoyo y estímulo para nuestra vida. Si no participamos en el banquete eucarístico o comulgamos de cualquier manera, sin la debida preparación, ¿cómo convenceremos de que la Eucaristía es el alimento de la vida diaria del cristiano. Si al salir de la Misa no nos comprometemos en el trabajo por la fraternidad y la justicia entre los hombres, ¿cómo podrán entender que la Eucaristía nos transforma por dentro y nos capacita para cambiar el mundo en que vivimos?

Junto con unas buenas catequesis, en la parroquia, en el colegio y en la propia familia, es importante hacer algunas celebraciones en plan catequético, explicando cada día una cosa. Se pueden intercalar explicaciones de dos o tres minutos al comienzo, antes del momento penitencial, antes o después de las lecturas, en el momento del ofertorio, al comenzar la Plegaria eucarística, al final de la misma, antes o después de la Comunión. Hay que ayudar a los jóvenes a vivir la Misa por dentro, a entrar en ella con la fe y con el corazón, a rezarla y gustarla personalmente.

La Misa de los domingos tiene que ser una Misa de la comunidad, con asistencia y participación espiritual de las familias cristianas enteras. Y de todos los grupos o comunidades de la parroquia. Pero entre semana se pueden celebrar Misas explicadas y compartidas con pequeños grupos homogéneos, con los chicos de la catequesis, con los de los diferentes cursos de los colegios, con un grupo de familias o de jubilados. Todo, menos la inercia y la falsa resignación.
Quiero animaros a todos a hacer este esfuerzo de renovación. Un cristiano que no vive habitualmente la Eucaristía es un cristiano desnutrido, raquítico, condenado a la esterilidad espiritual y a la deserción eclesial y religiosa. Una comunidad cristiana donde muchos de sus miembros prescinden habitualmente de la Eucaristía, es una comunidad empobrecida, sin aliento espiritual y predispuesta para ser colonizada por las ideas y las costumbres de la indiferencia religiosa y del desconcierto moral.
En cambio la Misa, bien celebrada, es un gozo inmenso. Hay muchos cristianos que no saben lo que se pierden.

Manuel Sánchez Monge
Obispo Mondoñedo-Ferrol

http://www.mondonedoferrol.org/obispo/documentos.htm