viernes, 1 de diciembre de 2006

Letanías de la humildad

LETANIAS DE LA HUMILDAD
¡Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón, escúchame:
del deseo de ser reconocido, líbrame Señor

del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ...
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, ...
del deseo de ser consultado, ...
del deseo de ser aprobado, ...
del deseo de quedar bien, ...
del deseo de recibir honores, ...

del temor de ser criticado, líbrame Señor

del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado, ...
del temor de perder la fama, ...
del temor de ser reprendido, ...
del temor de ser calumniado, ...
del temor de ser olvidado, ...
del temor de ser ridiculizado, ...
del temor de la injusticia, ...
del temor de ser sospechado, ...

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo, otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos y yo abandonado,
-que los demás sean alabados y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo, siendo que yo me santifique debidamente.

Su Eminencia, el Cardenal Merry del Val, acostumbraba rezar estas Letanías diariamente, después de celebrar la Santa Misa.
Imprimatur: +James A. McNulty,
Obispo de Paterson, N.J.
(
http://www.homilia.org/)

lunes, 27 de noviembre de 2006

Oración por el Papa


ORACIÓN :
Oh Jesús, Rey y Señor de la Iglesia:
renuevo en tu presencia mi adhesión incondicional
a tu Vicario en la tierra, el Papa.
En él tú has querido mostrarnos el camino seguro y cierto
que debemos seguir en medio de la desorientación,

la inquietud y el desasosiego.
Creo firmemente que por medio de él tú nos gobiernas,
enseñas y santificas, y bajo su cayado
formamos la verdadera Iglesia: una, santa, católica y apostólica.
Concédeme la gracia de amar, vivir y propagar como hijo fiel sus enseñanzas.
Cuida su vida, ilumina su inteligencia, fortalece su espíritu,
defiéndelo de las calumnias y de la maldad.
Aplaca los vientos erosivos de la infidelidad y la desobediencia,
y concédenos que, en torno a él, tu Iglesia se conserve unida,
firme en el creer y en el obrar,
y sea así el instrumento de tu redención.
Así sea.

jueves, 16 de noviembre de 2006

Dios no fracasa

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Capilla "Redemptoris Mater"

Martes 7 de noviembre de 2006

Queridos hermanos en el episcopado:
Los textos que acabamos de escuchar -la lectura, el salmo responsorial y el evangelio- tienen un tema común, que se podría resumir en la frase: Dios no fracasa. O, más exactamente: al inicio Dios fracasa siempre, deja actuar la libertad del hombre, y esta dice continuamente "no". Pero la creatividad de Dios, la fuerza creadora de su amor, es más grande que el "no" humano. A cada "no" humano se abre una nueva dimensión de su amor, y él encuentra un camino nuevo, mayor, para realizar su "sí" al hombre, a su historia y a la creación.


En el gran himno a Cristo de la carta a los Filipenses, que hemos proclamado al inicio, escuchamos ante todo una alusión a la historia de Adán, al cual no satisfacía la amistad con Dios; era demasiado poco para él, pues quería ser él mismo un dios. Creyó que su amistad era una dependencia y se consideró un dios, como si él pudiera existir por sí mismo. Por esta razón dijo "no" para llegar a ser él mismo un dios; y precisamente de ese modo se arrojó él mismo desde su altura. Dios "fracasa" en Adán, como fracasa aparentemente a lo largo de toda la historia. Pero Dios no fracasa, puesto que él mismo se hace hombre y así da origen a una nueva humanidad; de esta forma enraiza el ser Dios en el ser hombre de modo irrevocable y desciende hasta los abismos más profundos del ser humano; se abaja hasta la cruz. Ha vencido la soberbia con la humildad y con la obediencia de la cruz.


Así, ahora acontece lo que había profetizado Isaías, en el capítulo 45. En la época en que Israel se hallaba desterrado y había desaparecido del mapa, el profeta había predicho que "toda rodilla" (v. 23), el mundo entero, se doblaría ante este Dios impotente. Y la carta a los Filipenses lo confirma: ahora eso se ha hecho realidad. A través de la cruz de Cristo Dios se ha acercado a todas las gentes; ha salido de Israel y se ha convertido en el Dios del mundo. Y ahora el cosmos dobla sus rodillas ante Jesucristo, cosa que también nosotros hoy podemos constatar de modo sorprendente: el crucifijo está presente en todos los continentes, hasta en las más humildes chabolas. El Dios que había "fracasado", ahora con su amor hace que el hombre doble sus rodillas; así vence al mundo con su amor.


Como salmo responsorial hemos cantado la segunda parte del salmo de la pasión (Sal 22). Es el salmo del justo que sufre; ante todo de Israel que sufre, el cual, ante el Dios mudo que lo ha abandonado, grita: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Cómo has podido olvidarte de mí? Ahora ya casi no existo. Tú ya no actúas, ya no hablas... ¿Por qué me has abandonado?". Jesús se identifica con el Israel sufriente, con los justos de todos los tiempos que sufren, abandonados por Dios, y lleva ese grito de abandono de Dios, el sufrimiento de la persona olvidada, hasta el corazón de Dios mismo; así transforma el mundo.


La segunda parte de este salmo, la que hemos recitado, nos dice qué deriva de ello: los pobres comerán hasta saciarse. Es la Eucaristía universal que procede de la cruz. Ahora Dios sacia a los hombres en todo el mundo, a los pobres que tienen necesidad de él. Él los sacia con el alimento que necesitan: les da a Dios, se da a sí mismo. Y luego el salmo dice: "Volverán al Señor hasta de los confines del orbe". De la cruz nace la Iglesia universal. Dios va más allá del judaísmo y abraza al mundo entero para unirlo en el banquete de los pobres.


Luego, está el mensaje del evangelio. De nuevo el fracaso de Dios. Los primeros en ser invitados se excusan y no van. La sala de Dios se queda vacía; el banquete parece haber sido preparado en vano. Es lo que Jesús experimenta en la fase final de su actividad: los grupos oficiales, autorizados, dicen "no" a la invitación de Dios, que es él mismo. No acuden. Su mensaje, su llamada, acaba en el "no" de los hombres.


Sin embargo, tampoco aquí fracasa Dios. La sala vacía se convierte en una oportunidad para llamar a un número mayor de personas. El amor de Dios, la invitación de Dios, se extiende. San Lucas nos narra esto en dos fases: primero, la invitación se dirige a los pobres, a los abandonados, a los que nadie invita en esa misma ciudad. De ese modo, Dios hace lo que escuchamos en el evangelio de ayer. (El evangelio de hoy forma parte de un pequeño simposio en el marco de una cena en casa de un fariseo. Encontramos cuatro textos: primero, la curación del hidrópico; luego, las palabras sobre los últimos puestos; después, la enseñanza de no invitar a los amigos, que se lo pagarán invitándolo a su vez, sino a los que realmente tienen hambre, los cuales no podrán pagárselo con una invitación; por último viene precisamente nuestro relato). Dios hace ahora lo que dijo Jesús al fariseo: invita a los que no poseen nada, a los que realmente tienen hambre, a los que no pueden invitarlo, a los que no pueden darle nada. Entonces viene la segunda fase: sale de la ciudad, a los caminos, e invita a los vagabundos.


Podemos suponer que san Lucas con esas dos fases quiere dar a entender que los primeros en entrar a la sala son los pobres de Israel, y luego, dado que no son suficientes, pues la sala de Dios es más grande, la invitación se extiende, fuera de la ciudad santa, hasta el mundo de los gentiles.Los que no pertenecen a Dios, los que están fuera, son invitados para llenar la sala. Y seguramente san Lucas, que nos ha transmitido este evangelio, ha visto en ello la representación anticipada ?mediante una imagen? de los acontecimientos que narra después en los Hechos de los Apóstoles, donde sucede eso precisamente: san Pablo siempre comienza su misión en la sinagoga, dirigiéndose a los que han sido invitados en primer lugar, y sólo cuando las personas autorizadas rechazan la invitación y queda solamente un pequeño grupo de pobres, sale y se dirige a los paganos.


Así, el Evangelio, a través de este itinerario constante de crucifixión, se hace universal, abraza a todos, llegando finalmente hasta Roma. En Roma san Pablo llama a los jefes de la sinagoga, les anuncia el misterio de Jesucristo, el reino de Dios en su persona. Pero las personas autorizadas rechazan la invitación, y él se despide de ellas con estas palabras: "Bien, dado que no escucháis, este mensaje se anuncia a los paganos y ellos lo escucharán".


Con esa confianza se concluye el mensaje del fracaso: "ellos lo escucharán". Se formará la Iglesia de los paganos. Y se formó, y sigue formándose. Durante las visitas ad limina los obispos me refieren muchas cosas graves y duras, pero siempre, precisamente los del tercer mundo, me dicen también que los hombres escuchan y vienen; que también hoy el mensaje llega por los caminos hasta los confines de la tierra, y los hombres acuden a la sala de Dios, a su banquete.


Así pues, debemos preguntarnos: ¿Qué significa todo eso para nosotros? Ante todo tenemos una certeza: Dios no fracasa. "Fracasa" continuamente, pero en realidad no fracasa, pues de ello saca nuevas oportunidades de misericordia mayor, y su creatividad es inagotable. No fracasa porque siempre encuentra modos nuevos de llegar a los hombres y abrir más su gran casa, a fin de que se llene del todo. No fracasa porque no renuncia a pedir a los hombres que vengan a sentarse a su mesa, a tomar el alimento de los pobres, en el que se ofrece el don precioso que es él mismo. Dios tampoco fracasa hoy. Aunque muchas veces nos respondan "no", podemos tener la seguridad de que Dios no fracasa. Toda esta historia, desde Adán, nos deja una lección: Dios no fracasa.También hoy encontrará nuevos caminos para llamar a los hombres y quiere contar con nosotros como sus mensajeros y sus servidores.


Precisamente en nuestro tiempo constatamos cómo los primeros invitados dicen "no". En efecto, la cristiandad occidental, o sea, los nuevos "primeros invitados" en gran parte ahora se excusan, no tienen tiempo para ir al banquete del Señor. Vemos cómo las iglesias están cada vez más vacías; los seminarios siguen vaciándose, las casas religiosas están cada vez más vacías. Vemos las diversas formas como se presenta este "no, tengo cosas más importantes que hacer". Y nos asusta y nos entristece constatar cómo se excusan y no acuden los primeros invitados, que en realidad deberían conocer la grandeza de la invitación y deberían sentirse impulsados a aceptarla. ¿Qué debemos hacer?


Ante todo debemos plantearnos la pregunta: ¿por qué sucede precisamente eso? En su parábola, el Señor cita dos motivos: la posesión y las relaciones humanas, que absorben a las personas hasta el punto de que creen que no tienen necesidad de nada más para llenar totalmente su tiempo y, por consiguiente, su existencia interior.


San Gregorio Magno, en su exposición de este texto, trató de ir más a fondo y se preguntó: "¿Cómo es posible que un hombre diga "no" a lo más grande que hay, que no tenga tiempo para lo más importante; que limite a sí mismo toda su existencia?". Y responde: en realidad, nunca han hecho la experiencia de Dios; nunca han llegado a "gustar" a Dios; nunca han experimentado cuán delicioso es ser "tocados" por Dios. Les falta este "contacto" y, por tanto, el "gusto de Dios". Y nosotros sólo vamos al banquete si, por decirlo así, lo gustamos. San Gregorio cita el salmo del que está tomada la antífona de comunión de la liturgia de hoy: "Gustad y ved"; gustad y entonces veréis y seréis iluminados. Nuestra tarea consiste en ayudar a las personas a gustar, a sentir de nuevo el gusto de Dios.


En otra homilía, san Gregorio Magno profundizó aún más la misma cuestión, y se preguntó: "¿Cómo es posible que el hombre no quiera ni tan sólo "probar" el gusto de Dios?". Y responde: cuando el hombre está completamente ocupado con su mundo, con las cosas materiales, con lo que puede hacer, con todo lo que es factible y le lleva al éxito, con todo lo que puede producir o comprender por sí mismo, entonces su capacidad de percibir a Dios se debilita, el órgano para ver a Dios se atrofia, resulta incapaz de percibir y se vuelve insensible. Ya no percibe lo divino, porque el órgano correspondiente se ha atrofiado en él, no se ha desarrollado. Cuando utiliza demasiado todos los demás órganos, los empíricos, entonces puede ocurrir que precisamente el sentido de Dios se debilite, que este órgano muera, y que el hombre, como dice san Gregorio, no perciba ya la mirada de Dios, el ser mirado por él, la realidad tan maravillosa que es el hecho de que su mirada se fije en mí.


Creo que san Gregorio Magno describió exactamente la situación de nuestro tiempo. En efecto, su época era muy semejante a la nuestra. Aquí nos surge otra vez la pregunta: ¿qué debemos hacer? Lo primero que debemos hacer es lo que el Señor nos dice hoy en la primera lectura y que san Pablo nos recomienda encarecidamente en nombre de Dios: "Tened los mismos sentimientos de Jesucristo" (Touto phroneite en hymin ho kai en Christo Iesou).


Aprended a pensar como pensaba Cristo; aprended a pensar como él. Este pensar no es sólo una actividad del entendimiento, sino también del corazón. Aprendemos los sentimientos de Jesucristo cuando aprendemos a pensar como él y, por tanto, cuando aprendemos a pensar también en su fracaso, en su experiencia de fracaso, y en el hecho de que incrementó su amor en el fracaso.


Si tenemos sus mismos sentimientos, si comenzamos a ejercitarnos en pensar como él y con él, entonces se despierta en nosotros la alegría con respecto a Dios, la convicción de que él es siempre el más fuerte. Sí, podemos decir que se despierta en nosotros el amor a él. Experimentamos la alegría de saber que existe y podemos conocerlo, que lo conocemos en el rostro de Jesucristo, el cual sufrió por nosotros. Creo que lo primero es entrar nosotros mismos en contacto íntimo con Dios, con el Señor Jesús, el Dios vivo; que en nosotros se fortalezca el órgano para percibir a Dios; que percibamos en nosotros mismos su "gusto exquisito".


Eso dará alma a nuestra actividad, pues también nosotros corremos el peligro de trabajar mucho, en el campo eclesiástico, haciéndolo todo por Dios, pero totalmente absorbidos por la actividad, sin encontrar a Dios. Los compromisos ocupan el lugar de la fe, pero están vacíos en su interior.


Por eso, creo que debemos esforzarnos sobre todo por escuchar al Señor, en la oración, con una participación íntima en los sacramentos, aprendiendo los sentimientos de Dios en el rostro y en los sufrimientos de los hombres, para que así se nos contagie su alegría, su celo, su amor, y para mirar al mundo como él y desde él. Si logramos hacer esto, entonces también en medio de tantos "no" encontraremos de nuevo a los hombres que lo esperan y que a menudo tal vez son caprichosos -como dice claramente la parábola-, pero que desde luego están llamados a entrar en su sala.

Una vez más, con otras palabras, se trata de la centralidad de Dios; y no precisamente de un Dios cualquiera, sino del Dios que tiene el rostro de Jesucristo. Esto es muy importante hoy. Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo a través de nosotros.

A mi parecer, el destino del mundo en esta situación dramática depende de esto: de si Dios, el Dios de Jesucristo, está presente y si es reconocido como tal, o si desaparece. Nosotros queremos que esté presente. En definitiva, ¿qué debemos hacer para ello? Dirigirnos a él. Celebrar la misa votiva del Espíritu Santo, invocándolo: "Lava quod est sordidum, riga quod est aridum, sana quod est saucium. Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege quod est devium" (Lava lo que está sucio, riega lo que está seco, sana lo que está herido. Dobla lo que está rígido, calienta lo que está frío, endereza lo que está torcido).

Invoquémoslo para que riegue, caliente, enderece; para que nos infunda la fuerza de su fuego santo y renueve la faz de la tierra. Por eso le suplicamos de todo corazón en este momento, en estos días.
Amén.

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/index_sp.htm

martes, 7 de noviembre de 2006

Siempre contigo


Yo, Jesús, Dios...¡ESTOY SIEMPRE CONTIGO!
Me necesitas? Estoy aquí contigo.
No puedes verme, sin embargo soy la luz que te permite ver.
No puedes oírme, sin embargo hablo a través de tu voz.
No puedes sentirme, sin embargo soy el poder que trabaja en tus manos.
Estoy trabajando en ti, aunque desconozcas Mis senderos.
Estoy trabajando, aunque no reconozcas Mis obras.
No soy una visión extraña. No soy un misterio.
Sólo en el silencio absoluto, más allá del "yo" que aparentas ser, puedes conocerme, y entonces sólo como un sentimiento y como fe.
Sin embargo, estoy aquí contigo.
Sin embargo, te oigo. Sin embargo, te contesto.
Cuando me necesitas, estoy contigo. Aunque Me niegues, estoy contigo.
En los momentos en que más solo crees encontrarte, Yo estoy contigo.
Aun en tus temores, estoy contigo. Aun en tu dolor, o desamparo, o desesperación, estoy contigo.
Estoy contigo cuando oras y cuando no oras.
Estoy en ti, y tú estás en Mí.
Sólo en tu mente puedes sentirte separado de Mí,
Pues sólo en tu mente están las brumas de " lo tuyo" y "lo Mío".
Sin embargo, tan sólo con tu mente, puedes conocerme y sentirme.
Vacía tu corazón de temores ignorantes.
Cuando quites el "yo" de en medio, podrás conocerme.
De ti mismo no puedes nada, pero Yo todo lo puedo. Yo estoy en todo.
Aunque no puedas ver el bien está allí, pues Yo estoy allí.
Estoy allí porque tengo que estarlo, porque Yo Soy.
Sólo en Mí, tiene el mundo significado.
Sólo en Mí, toma el mundo forma.
Sólo en Mí, el mundo sigue adelante.
Soy la ley en la cual descansa el movimiento de las estrellas y el crecimiento de toda célula viva.
Soy el amor que es el cumplimiento de la ley. Soy seguridad. Soy paz.
Soy tu unificación. Soy la ley por la cual vives. Soy el amor en que puedes confiar.
Soy tu seguridad. Soy tu paz. Soy uno contigo. Yo Soy.
Aunque falles en encontrarme, Yo nunca dejo de encontrarte.
Aunque tu fe en Mí es insegura, Mi fe en ti nunca flaquea.
Porque te conozco, porque te amo, mi bien amado, estoy contigo... ¡siempre!... ¡ahora mismo!

jueves, 5 de octubre de 2006

los perdono...



El Papa pide que asesinato de misionera siembre respeto por convicciones religiosas
VATICANO, 19 Sep. 06 (ACI).- Tras recibir la noticia de “la trágica muerte de la misionera italiana, Sor Leonella Sgorbati, asesinada de modo bárbaro en Mogadiscio”, el Papa Benedicto XVI deploró “toda forma de violencia” y expresó su anhelo de que “la sangre derramada por esta fiel discípula del Evangelio se vuelva semilla de esperanza para construir la fraternidad auténtica entre los pueblos en el respeto recíproco de las convicciones religiosas de cada uno”.
Así lo hizo saber el Secretario de Estado Vaticano, Cardenal Tarcisio Bertone, a través de un telegrama de condolencias enviado a nombre del Santo Padre a la Superiora General de las Misioneras de la Consolación, a todo su instituto y a los familiares de la religiosa, que “desarrollaba su dichosa y apreciada obra al servicio de las poblaciones somalíes, en especial en favor de la vida naciente y en la formación sanitaria”.
A través del telegrama, el Pontífice asegura “sus fervientes oraciones de sufragio por esta benemérita misionera” e imparte su consoladora bendición apostólica a las hermanas, a los familiares y cuantos lloran su muerte violenta.
La misionera fue asesinada el pasado domingo por dos atacantes que irrumpieron en un hospital materno en la capital de Somalí, donde desarrollaba su servicio apostólico. Antes de morir la religiosa perdonó a sus asesinos.

Religiosa italiana perdonó a sus asesinos antes de morir
NAIROBI, 19 Sep. 06 (ACI).- La religiosa Leonella Sgorbati perdonó, momentos antes de morir, a los dos hombres que la asesinaron el domingo en las afueras del hospital en el que trabajaba en Somalia.
Los dos hombres que cometieron el crimen "estaban escondidos entre los carros parqueados en la calle que separa el hospital pediátrico y el pueblo donde viven las hermanas misioneras de la Consolación de Mogadiscio, comunidad a la que pertenecía Sor Leonella. Los dos hombres abrieron fuego contra Sor Leonella y el guardia que nos escolta cuando cruzamos la calle", relató la hermana Marzia Feurra, también misionera de la Consolación en Somalia.
La emboscada sucedió al mediodía del domingo. "Estaba en casa e íbamos a almorzar cuando oímos largas ráfagas de metralleta en la calle. Nos sorprendimos porque desde hacía varios días no oíamos armas de fuego. Mientras hablábamos de esto, un muchacho entró y nos dijo lo que había pasado. Nos precipitamos fuera mientras cargaban a la hermana Leonella sobre una camilla", añadió.
Cuando llegaron al hospital donde sería atendida, "Sor Leonella todavía estaba viva, sudaba frío. Estábamos tomadas de la mano, nos vimos y antes de apagarse como una pequeña vela, tres veces me repitió: Los perdono, los perdono, los perdono... Estas fueron sus últimas palabras", reveló la hermana Marzia.
Mons. Giorgio Bertin, Obispo de Gibuti y Administrador Apostólico de Mogadiscio, presidirá los funerales en la ciudad de Nairobi, lugar al que ya llegaron los cadáveres de la religiosa y su guardia.
Hasta el momento se desconocen los motivos del crimen. Sin embargo, algunos medios de comunicación lo han relacionado a las protestas musulmanas contra el discurso papal en la Universidad de Ratisbona

En el perdón vence el amor sobre el odio y el mal, dice el Papa
VATICANO, 24 Sep. 06 (ACI).- Al presidir esta mañana en Castelgandolfo la oración del Ángelus ante miles de peregrinos, el Papa Benedicto XVI recordó que en el perdón ofrecido por Sor Leonella Sgorbati, la religiosa italiana asesinada en Somalia el domingo pasado, se ve "el más auténtico testimonio cristiano, signo pacífico de contradicción que demuestra la victoria del amor sobre el odio y sobre el mal".
Refiriéndose al Evangelio de la liturgia de este domingo, el Santo Padre señaló que allí el evangelista san Marcos “resalta el fuerte contraste entre la mentalidad del Señor y la mentalidad de los doce Apóstoles, que no solo no comprenden las palabras del Maestro y rechazan netamente la idea que Él vaya al encuentro de la muerte, sino que discuten sobre quién de ellos deba considerarse ‘el más grande’”.
Como respuesta, apuntó el Pontífice, “Jesús les explica con paciencia su lógica, la lógica del amor que se hace servicio hasta el don de sí”.
“Esta es la lógica del Cristianismo –continuó–, que responde a la verdad del hombre creado a imagen de Dios, pero al mismo tiempo contrasta con su egoísmo, consecuencia del pecado original”.
Asimismo el Papa afirmó que “toda persona humana es atraída por el amor –que finalmente es Dios mismo– pero frecuentemente se equivoca en los modos concretos de amar, y así de una tendencia al origen positiva, pero manchada por el pecado, pueden derivar intenciones y acciones malvadas”.
Reflexionando sobre las palabras de Santiago en su epístola, el Santo Padre dijo que “hacen pensar en el testimonio de tantos cristianos que, con humildad y en el silencio, gastan la vida en el servicio a los otros a causa del Señor Jesús, operando concretamente como siervos del amor y por ello ‘artesanos’ de paz”.
Así, recordó el testimonio de Sor Leonella Sgorbati quien “desde hacía muchos años servía a los pobres y pequeños en Somalia, murió pronunciando la palabra ‘perdón’: he aquí el más auténtico testimonio cristiano, signo pacífico de contradicción que demuestra la victoria del amor sobre el odio y sobre el mal”.
Finalmente, Su Santidad afirmó que “solo quien pierde la propia vida a causa de Cristo y del Evangelio la salvará, dando sentido pleno a la propia existencia”.
(www.aciprensa.com)

jueves, 28 de septiembre de 2006

El Ángelus


- El ángel del Señor anunció a María.
- Y ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve María , llena eres de gracia,

el Señor es contigo;
bendita Tú eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

- He aquí la esclava del Señor.

- Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve María...
Santa María, Madre de Dios...

- Y el Verbo de Dios se hizo carne.

- Y habitó entre nosotros.

Dios te salve María...
Santa María, Madre de Dios...

- Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
- Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

Oración:
Infunde, Señor tu gracia en nuestros corazones para que cuantos,
por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo Jesucristo,
por su pasión y su cruz lleguemos a la gloria de su resurrección.
Por Jesucristo, Nuestro Señor.
Amén.

martes, 19 de septiembre de 2006

¡ Venid... !


«¡Venid!»: Invitación del padre Santoro a sus amigos antes de ser asesinado en Turquía
«La mía es una invitación además de una reflexión», decía en una carta
Roma, martes, 7 marzo 2006 (ZENIT.org).-
Pocos días antes de ser asesinado en Trebisonda (Turquía), el sacerdote italiano Andrea Santoro había escrito a sus amigos y colaboradores de Roma.
Exactamente al mes de su muerte, el diario católico italiano «Avvenire» publicó el domingo pasado la misiva, reconociendo en ella «el amor por el pueblo turco», «la dificultad del testimonio diario en una tierra donde el Islam dicta su ley», «el ofrecimiento total de la existencia al ideal cristiano y el presagio del sacrificio».
El padre Santoro, de 60 años, murió mientras oraba arrodillado en los últimos bancos de su iglesia de la localidad del Mar Negro; recibió dos disparos por la espalda –mientras se oyó el grito de «Alá es grande»- presuntamente de parte de un joven que reconoció haber actuado movido por la rabia suscitada tras la publicación en prensa occidental de las viñetas sobre Mahoma.
Sacerdote «fidei donum» de la diócesis de Roma, su desaparición ha causado una fuerte conmoción. Benedicto XVI se ha referido varias veces al testimonio de amor del padre Santoro.
El obispo vicario del Papa para la diócesis de Roma, el cardenal Camillo Ruini, al presidir en la Basílica romana de San Juan de Letrán los funerales por el sacerdote –el pasado 10 de febrero--, anunció su intención de abrir el proceso de beatificación y canonización convencido de que en el padre Santoro se dan los elementos constitutivos del martirio.
Durante su última visita a Roma, el padre Santoro envió una breve carta al Papa –fechada el 31 de enero— en nombre de algunas fieles de su parroquia en Trebisonda, y se unía a éstas invitando al Pontífice a visitarles en la localidad turca. Benedicto XVI indicó la publicación de dicha carta (Zenit, 8 febrero 2006).
Pocos días antes había escrito otra a sus amigos de Roma. Por su interés, la publicamos íntegramente.

* * *

Queridísimos:
Deseo comenzar con las cosas buenas, porque es justo alabar a Dios cuando hay serenidad, y no sólo invocar el sol cuando hay lluvia. Además es justo ver la brizna de hierba verde también cuando estamos atravesando una estepa.
He aquí, por lo tanto, algunas briznas de hierba verde. Algún día antes de ir a Italia, en la hora de la visita en la iglesia, se presentó un nutrido grupo de muchachos más bien voceadores y ruidosos. Estoy acostumbrado: para lograr silencio y respeto basta con acercarse, recordarles que la iglesia es, como la mezquita, un lugar de oración que Dios ama y en el que se complace, Un grupito de 4-5 chavales, de unos 14-15 años, se me acercaron y empezaron a hacerme preguntas: «¿Pero estás aquí porque te han obligado?». «No, he venido de buena gana, libremente». «¿Y por qué?». «Porque me gusta Turquía. Porque había aquí una iglesia y un grupo de cristianos sin sacerdote, y entonces me puse a disposición. Para favorecer las buenas relaciones entre cristianos y musulmanes...». «¿Pero estás contento?» (usaron la palabra mutlu, que en turco quiere decir feliz). «Claro que estoy contento. Ahora os he conocido, ahora estoy más contento todavía. Os aprecio». En ese momento los ojos de una muchacha se iluminaron, me miró con profundidad y me dijo con arrojo: «También nosotros te apreciamos». Decirse «te apreciamos», dentro de una iglesia, entre cristianos y musulmanes me ha parecido un rayo de luz. Bastaría esto para justificar mi venida. ¿El reino de los cielos no es tal vez parecido a un granito de mostaza, la más pequeña de todas las semillas? Lo echas y después le dejas hacer... ¿Y no es tal vez verdad que «si amas conoces a Dios» y le das a conocer, y que si no amas, aunque poseyeras la ciencia o hablaras todas las lenguas, o distribuyeras bienes a los pobres, no eres nada más que un tambor que resuena?

Otra brizna de hierba. Una tarde, a principios de diciembre, estaba en la calle con mi furgoneta. Debía girar, puse el intermitente e inicié la maniobra. Venía un coche rapidísimo. Tuvo que frenar para no embestirme. Uno bajó y empezó a gritar. Conociendo la irascibilidad de los turcos, sobre todo si están bebidos, proseguí, temiendo malas intenciones. Me di cuenta de que me seguían. Al llegar a la plaza me cerraron el camino. Me encontré con la puerta abierta, uno que me lanzó un puñetazo, otro que me arrancaba del asiento y otro más que quería arrastrarme. Me ha durado la marca de aquel puñetazo algunos días y el hombro, forzado, a veces aún me duele. Intervino la policía: estaban bebidos y se hizo un atestado en su contra. Volví a casa aturdido, preguntándome cómo se podía llegar al enfurecimiento. Me vinieron a la mente las peleas que acaban con un muerto, las violencias cometidas contra una muchacha sola, la diversión sádica contra cualquier pobre desgraciado. Debo deciros la verdad: tuve miedo y durante algunas noches no dormí. Seguía preguntándome: ¿Por qué? ¿Cómo es posible? Una semana después, hacia la tarde, sonó el timbre de la iglesia. Fui a abrir: eran tres jóvenes de unos 25-30 años. Uno me preguntó: «¿Se acuerda de mí?». Le miré bien y reconocí al que me había tirado del hombro. «He venido a pedirle perdón. Estaba bebido y me he comportado muy mal. Padre, perdóneme». «Está bien –le dije--, estate tranquilo. Pero no lo vuelvas a hacer, a nadie más». Entonces me pidieron visitar la iglesia. Seguía pidiéndome excusas a cada paso. Vio una página del Evangelio expuesta en la vitrina: «Amad a vuestros enemigos», y entonces entendió por qué le había perdonado. Después me dice: también entre nosotros hay un dicho: «echa flores a quien te arroja piedras». Y siguió: «Tuvimos un accidente algunos días después de golpearle. El coche ha quedado destrozado, uno está aún en el hospital y nosotros estamos magullados. Entre nosotros se dice que si uno hace mal a una persona y después muere no puede presentarse a Dios. Porque Dios le dice: es a esa persona adonde tienes que ir. ¿Entre ustedes, padre, es igual?». «También nosotros decimos que no basta con dirigirse a Dios, sino que hay que reparar el mal hecho al prójimo. Decimos, sin embargo, también que si el inocente ofrece su dolor por el culpable, obtiene de Dios el perdón por quien ha hecho el mal, como Jesús, que ofreció su vida inocente para salvar a los pecadores. Jesús se hizo cordero para los lobos que le despedazaban y oró: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Con su cruz partió la lanza». En ese punto miraron la cruz. El tercero que iba con ellos era un vecino mío de casa; les había indicado la iglesia y se había hecho su mediador. Estaba feliz de enseñarles la iglesia y de haber obtenido la reconciliación con el sacerdote a quien conocía. Salió también una invitación a cenar, a la vuelta de Italia. ¡Veremos si el puñetazo ha producido también un buen plato de cordero asado!

¿Otra brizna de hierba? Un viernes, en la iglesia, un grupo de chavales había sido particularmente maleducado e insolente. Otros tres, mayores, lo presenciaban de lejos. Al final me pidieron hablar. Con mucha educación me hicieron todo tipo de preguntas, escuchando con respeto mis respuestas y planteando con cortesía sus objeciones. Nos despedimos. A la mañana siguiente un joven llamó: reconocí a uno de aquellos tres. Me dio bombones: «Padre, acepte mi regalo. Le pido excusas por esos chavales maleducados de ayer».
En otra ocasión entraron dos muchachas: «Padre, ¿me reconoce?», me dice una. «¡Sí, claro!». «Usted una vez me dijo que Jesús nunca usó la espada. ¿Es así?». «Sí, es así». «Mahoma –me dice-- la utilizó, es verdad, pero sólo como última posibilidad...». «Jesús –le respondo-- ni siquiera como última posibilidad. Os envío como corderos en medio de lobos, dijo, y Él mismo se hizo cordero para ganar a los lobos. Si contra la violencia usas la violencia, se hace doble violencia. Mal más mal, igual a doble mal. Se necesita el doble de bien para contener el mal. Si se desata un incendio, ¿qué haces? ¿Echas leña?». «No, agua». «Eso es, precisamente. Pero no es fácil. Sin embargo, esto es el Evangelio. En las manos de Jesús no está la espada, sino la cruz...». Me siguió atenta, pero trastornada. ¿Por qué me maravillo? ¿Cuántos cristianos están no sólo trastornados, sino que ni siquiera miran ya la cruz? No acogen ya la sabiduría, la fuerza, la victoria de la cruz. Se han convertido a la espada: en la vida pública y en la privada. Si lo hace un musulmán, en el fondo no es extraño: sigue a su fundador. Pero si lo hace un cristiano, no sigue al propio Fundador, aunque tenga cruces por todas partes, en el cuello, en casa, en cada campanario.

Otra pequeña y delicada brizna. En el avión, de regreso de una reunión con el obispo en Iskenderun, había junto a mí dos ancianos esposos y una joven muchacha, elegante y graciosa. Los dos ancianos eran más bien descuidados e inexpertos. La joven, con mucha delicadeza, les abrochó a los dos los cinturones, se agachó al suelo a recoger algo que se había caído, se prodigó en toda forma, no con respeto, sino con veneración. Él seguía desgranado su rosario musulmán, acompañando las manos con los labios pronunciando los 99 nombres de Dios. Ella, a su lado, callada y con el velo puesto, daba la idea de sentirse contenta junto a su marido en oración.
Ahora os hago entrever algo de las estepa en la que a veces me resulta fatigoso caminar, pero en la que con gusto me doy por entero, buscando ser yo mismo una brizna de hierba, aunque a veces me siento una rosa llena de punzantes espinas. Cuando advierto que para defenderme de las espinas saco las mías, me pongo bajo la cruz, la miro y me vuelvo a proponer seguir a «mi» Fundador, aquél que no usa ni espada ni espinas, sino que sufrió la una y las otras para despedazar la espada y quitarnos las espinas del resentimiento, de la enemistad, de la hostilidad. Le pido que me de la gracia de «su» Espíritu para tener a raya el mío.

Empecemos por los niños. Junto a los sonrientes, afectuosos, respetuosos, se ha intensificado en estos últimos meses una nube de lanzadores de piedras, de perturbadores, de «pequeños provocadores» de todo tipo. Los niños son el espejo del mundo de los adultos. En casa, en la escuela, en televisión se dicen frecuentemente de nosotros, cristianos, mentiras y calumnias. El resultado no puede ser sino la mofa de esos «pequeños» a quienes Jesús quería consigo, pero en relación con los cuales alertaba a cuantos les «escandalizan», esto es, cuantos son para ellos «motivo de tropiezo y de inducción al mal». Me he acordado de cuando, de niño, oía «hablar mal» de la única familia protestante de mi pueblo, o de cuando oía decir que «todos los turcos hacen cosas turcas». El mal que se recibe a veces te vuelve a poner ante los ojos el mal realizado, si bien olvidado. En otros momentos me vienen a la mente las palabras de Job, sufriente, figura de la pasión de Cristo: «Toda la reunión me acorrala... Hasta los chiquillos me desprecian... me hacen burla» (Job, 16,7 y 19,18). Estamos estudiando una estrategia aún mayor de afabilidad y acogida, de silencio, de sonrisa, de persuasión.

Una familia de musulmanes –se habían hecho cristianos antes de que yo llegara a Trebisonda— me habló del llanto de sus niños en la escuela cuando se decía toda clase de mal de los cristianos. Hablaron de ello con el maestro recibiendo excusas y un compromiso de mayor honestidad y corrección. Un padre de familia, registrado como musulmán en el documento de identidad (en Turquía en el carné de identidad se anota la religión), desea regresar a la fe cristiana de sus antepasados. Pero se enfrenta con los insultos y las amenazas de algunos de su pueblo. «Si me atacan y yo respondo, ¿soy aún cristiano?», me preguntaba preocupado y pensativo. «Sí –le respondía-- porque el Señor comprende tu debilidad. Pero recuerda que a nosotros, cristianos, no nos es lícito el “ojo por ojo, diente por diente”. Nosotros somos discípulos de Aquel que lleva las llagas por todo su cuerpo y que dijo a Pedro: “Mete la espada en la vaina...”». Contra el pecado Jesús erigió como baluarte su cuerpo sacrificado y su sangre derramada. El cristianismo nació de la sangre de los mártires, no de la violencia como respuesta a la violencia. Un joven, que por motivos sinceros y rectos se había acercado a la iglesia, no resistió a la hostilidad de los amigos, de los familiares, de los vecinos de casa y a las «diligencias» de la policía que, aún garantizándole plena libertad («Turquía es un Estado laico, eres libre», le dijeron), le preguntaba en cualquier caso por qué iba, qué sucedía en la iglesia y si conocía a fulano o mengano... Una señora cristiana de nacionalidad rusa, casada con un musulmán y madre de un niño, me contaba las vejaciones de la suegra, el desprecio de los parientes por «pagana e idólatra» y los repetidos empujes a hacerse musulmana. En cuanto leyó, al entrar en la iglesia, una frase escrita en ruso, se le iluminó el rostro. Le di una Biblia en ruso y otros libros de oración también en ruso. Se sintió por fin «libre» y «verdaderamente» hermana.

Permitidme ahora una reflexión en voz alta, a la luz de cuanto os he relatado. Se dice y se escribe con frecuencia que en el Corán los cristianos son considerados los mejores amigos de los musulmanes, de ellos se elogia la mansedumbre, la misericordia, la humildad, también para ellos es posible el paraíso. Es verdad. Pero es igualmente cierto lo contrario: se invita a no tomarles en absoluto por amigos, se dice que su fe está llena de ignorancia y de falsedad, que es necesario luchar contra ellos e imponerles un tributo... Cristianos y judíos son considerados creyentes y ciudadanos de segunda categoría. ¿Por qué digo esto? Porque creo que aunque es justo y un deber alegrarse de los buenos pensamientos, de las buenas intenciones, de los buenos comportamientos y de los pasos adelante, igualmente debe haber el convencimiento de que en el corazón del Islam y en el corazón de los Estados y de las naciones donde viven preponderantemente musulmanes debe realizarse un pleno respeto, una plena estima, una plena igualdad de ciudadanía y de conciencia. Diálogo y convivencia no es cuando se está de acuerdo con las ideas y las elecciones ajenas (esto no se le pide a ningún musulmán, a ningún cristiano, a ningún hombre), sino cuando se les deja lugar junto a las propias y cuando se intercambia como don el propio patrimonio espiritual, cuando a cada uno le es dado poderlo expresar, testimoniar e introducir en la vida pública, además de la privada. El camino por delante es largo y no fácil. Dos errores creo que hay que evitar: pensar que no es posible la convivencia entre hombres de religión distinta, o bien creer que es posible sólo infravalorando o dejando de lado los problemas reales, dejando aparte los puntos en los que el chirrido es mayor, ya tengan que ver con la vida pública o privada, las libertades individuales o las comunitarias, la conciencia individual o la disposición jurídica de los Estados.

La riqueza de Oriente Medio no es el petróleo, sino su tejido religioso, su alma empapada de fe, su ser «tierra santa» para judíos, cristianos y musulmanes, su pasado marcado por la «revelación» de Dios, además de una altísima civilización. Incluso la complejidad de Oriente Medio no está ligada al petróleo o a su posición estratégica, sino a su alma religiosa. El Dios que «se revela» y al que «apasionadamente» se sirve es un Dios que divide, un Dios que privilegia a uno contra otro, y autoriza a uno contra otro. En este corazón a la vez «luminoso», «único» y «enfermo» de Oriente Medio es necesario entrar: de puntillas, con humildad, pero también con valor. La claridad va unida a la bondad. La ventaja de nosotros, cristianos, al creer en un Dios inerme, en un Cristo que invita a amar a los enemigos, a servir para ser «señores» de la casa, a hacerse el último para ser el primero, en un Evangelio que prohíbe el odio, la ira, el juicio, el dominio, en un Dios que se hace cordero y se deja golpear para matar el orgullo y el odio en sí, en un Dios que atrae con el amor y no domina con el poder, es una ventaja que no hay que perder. Es una «ventaja» que puede parecer «desventajosa» y perdedora, y lo es a los ojos del mundo, pero es victoriosa a los ojos de Dios y capaz de conquistar el corazón del mundo. Decía San Juan Crisóstomo: Cristo apacienta corderos, no lobos. Si nos hacemos corderos venceremos, si nos hacemos lobos perderemos. No es fácil, como tampoco lo es la cruz de Cristo siempre tentada por la fascinación de la espada. ¿Habrá quien quiera regalar al mundo la presencia de «este» Cristo? ¿Habrá quien quiera estar presente en este mundo de Oriente Medio sencillamente como «cristiano», «sal» en la comida, «levadura» en la masa, «luz» en la estancia, «ventana» entre muros levantados, «puente» entre orillas opuestas, «ofrecimiento» de reconciliación? Hay muchos, pero se necesitan muchos más. La mía es una invitación además de una reflexión. ¡Venid!

Os dejo dándoos las gracias por la acogida en las tres semanas transcurridas en Roma. Deseo dar las gracias en particular a muchos párrocos romanos y responsables de varias realidades estudiantiles que me han invitado a tener encuentros o testimonios.
Doy gracias a Dios por cuantos han abierto su corazón. Pero que esté aún más abierto y sea aún más valiente. Que la mente esté abierta a entender, el alma a amar, la voluntad a decir «sí» a la llamada. Abiertos también cuando el Señor nos guía por senderos de dolor y nos hace saborear más la estepa que las briznas de hierba. El dolor vivido con abandono y la estepa atravesada con amor se convierte en cátedra de sabiduría, fuente de riqueza, seno de fecundidad. Estaremos en contacto. Unidos en la oración os saludo con afecto. Podéis escribir vuestros pensamientos, hacer vuestras preguntas, expresar vuestras propuestas. Juntos se sirve mejor al Señor.
Don Andrea.
Roma-Trebisonda, 22 enero 2006
(Fecha publicación: 2006-03-07)
(www.zenit.org)

domingo, 17 de septiembre de 2006

Padre nuestro...


Padre nuestro,

que estás en el cielo,
santificado sea Tu nombre;
venga a nosotros Tu reino;
hágase Tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,
como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Dios te salve María
llena eres de gracia
el Señor es contigo;
bendita tú eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la ahora de nuestra muerte.

Gloria al Padre, y al Hijo,

y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén


miércoles, 13 de septiembre de 2006

Yo pedí...


YO PEDI
Yo Pedí fuerza...y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte.
Yo pedí Sabiduría...y Dios me dio problemas para solucionar.
Yo pedí Prosperidad...y Dios me dio cerebro y fuerza para trabajar.
Yo pedí Coraje...y Dios me dio peligros para vencer.
Yo pedí Amor...y Dios me dio personas quebrantadas a quien ayudar.
Yo pedí Favores...y Dios me dio oportunidades.
Todos Sus dones sobrepasaron mis expectativas y me trajeron la felicidad que no es de este mundo.

(*)

domingo, 3 de septiembre de 2006

Lo que contamina al hombre


Predicador del Papa: Jesús enseña «la ecología del corazón»
«Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. [...] Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».
En el pasaje del Evangelizo de este domingo Jesús corta de raíz la tendencia a dar más importancia a los gestos y a los ritos exteriores que a las disposiciones del corazón, el deseo de aparentar que se es -más que de serlo- bueno. En resumen, la hipocresía y el formalismo.
Pero podemos sacar hoy de esta página del Evangelio una enseñanza de orden no sólo individual, sino también social y colectivo. La distorsión que Jesús denunciaba de dar más importancia a la limpieza exterior que a la pureza del corazón se reproduce hoy a escala mundial. Hay muchísima preocupación por la contaminación exterior y física de la atmósfera, del agua, por el agujero en el ozono; en cambio silencio casi absoluto sobre la contaminación interior y moral. Nos indignamos al ver imágenes de pájaros marinos que salen de aguas contaminadas por manchas de petróleo, cubiertos de alquitrán e incapaces de volar, pero no hacemos lo mismo por nuestros niños, precozmente viciados y apagados a causa del manto de malicia que ya se extiende sobre cada aspecto de la vida.
Que quede bien claro: no se trata de oponer entre sí los dos tipos de contaminación. La lucha contra la contaminación física y el cuidado de la higiene es una señal de progreso y de civilización al que no se puede renunciar a ningún precio. Jesús no dijo, en aquella ocasión, que no había que lavarse las manos o los jarros y todo lo demás; dijo que esto, por sí solo, no basta; no va a la raíz del mal.
Jesús lanza entonces el programa de una ecología del corazón. Tomemos alguna de las cosas «contaminantes» enumeradas por Jesús, la calumnia con el vicio a ella emparentado de decir maldades a costa del prójimo. ¿Queremos hacer de verdad una labor de saneamiento del corazón? Emprendamos un lucha sin cuartel contra nuestra costumbre de descender a los chismes, de hacer críticas, de participar en murmuraciones contra personas ausentes, de lanzar juicios a la ligera. Esto es un veneno dificilísimo de neutralizar, una vez difundido.
Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera adonde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: «Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí». «¡Imposible! -exclamó la mujer- Entretanto el viento las ha dispersado en todas direcciones». Es ahí donde quería llegar San Felipe. «Ya ves –le dijo- como es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento; igualmente es imposible retirar las murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca».

(Padre Raniero Cantalamessa)
http://www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=94094

viernes, 18 de agosto de 2006

! Tengo sed ¡


¡Tengo sed de tu amor!
Ámame tal como eres
Conozco tu miseria, las luchas y las tribulaciones de tu alma, las deficiencias y las enfermedades de tu cuerpo; conozco tu debilidad y tus pecados y te vuelvo a decir:"Dame tu corazón y ámame tal como eres..."
Si esperas a ser un ángel para abandonarte al amor, no amarás nunca. Aunque seas débil en la práctica del deber y la virtud y recaigas a menudo en las culpas que no quisieras cometer más, no te permito que no me ames.
Ámame tal como eres.
En cada instante y en cualquier situación que estés, en el fervor o en la aridez, en la fidelidad o en la infidelidad, ámame... tal como eres... Quiero el amor de tu pobre corazón; si esperas a ser perfecto, nunca me amarás.
¿No sabes que puedo hacer de cada grano de arena un serafín radiante de pureza, nobleza y amor? ¿No soy yo el Omnipotente? Y si dejo en la nada algunos seres maravillosos y prefiero el pobre amor de tu corazón, ¿no soy yo dueño de mi amor?
Hija mía, déjame amarte, quiero tu corazón. Cierto es, que quiero transformarte con el tiempo, pero, por ahora te amo tal como eres... y deseo que tú hagas igual; quiero ver surgir el amor desde lo más profundo de tu miseria. Amo en ti hasta tu debilidad. Amo el amor de los pobres y de los miserables; quiero que desde las cenizas se alce continuamente un grito:"Jesús, te amo".
Solamente quiero el canto de tu corazón, no necesito ni tu ciencia ni tu talento. Sólo una cosa me importa, verte trabajar con amor.
No son virtudes lo que deseo, si te las diera, eres tan débil que alimentarías tu amor propio; no te preocupes por esto. Te habría podido destinar a realizar grandes cosas; pero no, serás el siervo inútil; te tomaré hasta lo poco que tienes porque te he creado solamente para el amor.
Hoy estoy ante la puerta de tu corazón como un mendigo, Yo el Rey de los Reyes, llamo y espero. Date prisa, ábreme. No te excuses por tu miseria; si conocieras perfectamente tu miseria morirías de dolor. El verte dudar y desconfiar de Mí es lo que más heriría mi corazón.
Quiero que pienses en Mí cada hora del día y de la noche; quiero que hagas hasta la acción más insignificante sólo por amor. Cuento contigo para darme alegría...
No te preocupes por no tener virtudes; te daré las mías.
Cuando sufras te daré fuerza. Tú me has dado el amor y Yo te concederé amar mucho más de lo que te puedas imaginar...
Pero recuerda... Ámame tal como eres...
Te he dado a mi Madre, hazlo a través de su Corazón Inmaculado.Pase lo que pase, no esperes a ser santo para abandonarte al amor porque no me amarías nunca...
Ea... empieza.

(Mira este rostro de Jesús en silencio por uno o dos minutos... y escucha lo que sientes ante Su mirada... Después háblale tú con el corazón, y dile lo que Él desea y espera escuchar de ti.)
(*)

lunes, 24 de julio de 2006

Trabajar por la paz


Pasamos ahora a otra sentencia verdaderamente notable del evangelio: Él (Juan) ha sido llamado "para hacer volver los corazones de los padres a los hijos" (Lc 1,17). Se trata, pues, de una misión de paz. De hecho, a todo sacerdote se le encomienda esta misión. Sólo donde hay paz puede haber espacio para Dios. Juan fue llamado para crear - o al menos para trabajar en ese sentido - la paz en las familias y entre generaciones y, desde aquí, la paz con Dios.
Pero, ¿cómo surge la paz? No mediante manifestaciones y peroratas, ni menos aún mediante el ejercicio de la violencia y a través de un moralismo que se aleja de la objetividad y destruye, por ende, los fundamentos de la moral. Un pueblo puede destruirse a si mismo por completo, sin necesidad de agresiones exteriores, cuando ha perdido la capacidad de paz y de reconciliación, esto es cuando ya no puede creer en la fuerza del bien y sólo conoce, por consiguiente, el lenguaje de la violencia, que es el lenguaje de la destrucción. El sacerdote ha sido llamado a ser mensajero de la paz, en cuanto que da a los hombres el valor de la reconciliación. Pero sólo puede dárselo si mantiene su corazón abierto para ser tocado y afectado por el inconmensurable perdón de Dios.
Me siento siempre profundamente conmovido por el hecho de que la penúltima petición del Padrenuestro - perdónanos como nosotros perdonamos - es la única a la que el Señor ha añadido un comentario que en realidad es una exigencia: "como nosotros perdonamos". Si no os perdonáis los unos a los otros - tal es el significado de la inclusión -, ¿cómo os va a perdonar el Padre? Pero en nuestro texto se insiste sobre todo en el otro aspecto, el verdaderamente humano en esta materia: se insiste en la familia como célula originaria de toda convivencia humana. En ella deben aprenderse las relaciones fundamentales de la sociedad y también, por tanto, la capacidad de relacionarse con Dios. En la familia, y sólo en ella y desde ella, puede la convivencia del amor superar la contraposición de la alteridad (del "otro"), para llegar a la verdadera comunidad. En ella deben aprender a conocerse las generaciones: de la salvación de la familia depende la capacidad de paz de un pueblo. Si la familia no concilia ya a varón y mujer, a jóvenes y ancianos, se pervierten las relaciones humanas básicas, para convertirse en una lucha de todos contra todos. Por eso, que los padres se vuelvan a los hijos es el presupuesto para el comienzo de la paz mesiánica. De ahí que la destrucción de la familia sea la más segura señal del anticristo, del destructor de la paz, bajo la máscara de quienes afirman traer la paz y la liberación.
Los especialistas se han planteado la pregunta:¿Quienes son, en realidad, los que deben volverse?¿Los padres a los hijos, o los hijos a los padres? El tema se presta, sin duda, a prolijas discusiones. Pero, a mi entender, si leemos bien el texto del Evangelio, junto con su prehistoria viejotestamentaria, se advierte claramente que no es que los unos deban convertirse a los otros, sino que ambos están necesitados de conversión, en cuanto que las dos partes tienen de nuevo el valor de creer en Dios. Sólo así aprenderán a entenderse y admitirse mutuamente. Sólo mediante la conversión del corazón a Dios puede surgir el valor para la convivencia, la confianza en los hombres y, a una con ello, la capacidad de amar y de soportar la alteridad.

(Joseph Ratzinger)
(del libro "Servidor de vuestra alegría")
(Editorial Herder)
(ISBN: 84-254-2433-X)

viernes, 21 de julio de 2006

Cuando se piensa...


Cuando se piensa que ni la Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote.
Cuando se piensa que ni los ángeles ni los arcángeles, ni Miguel ni Gabriel ni Rafael, ni príncipe alguno de aquellos que vencieron a Lucifer pueden hacer lo que un sacerdote.
Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo en la última Cena realizó un milagro más grande que la creación del Universo con todos sus esplendores y fue el convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre para alimentar al mundo, y que este portento, ante el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un sacerdote.
Cuando se piensa en el otro milagro que solamente un sacerdote puede realizar: perdonar los pecados y que lo que él ata en el fondo de su humilde confesionario, Dios obligado por su propia palabra, lo ata en el cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios.
Cuando se piensa que la humanidad se ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y mujeres que se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora que sólo un sacerdote puede realizar.
Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese poquito de pan y ese poquito de vino.
Cuando se piensa que eso puede ocurrir, porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la Tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes gritarán de hambre y de angustia, y pedirán ese pan, y no habrá quien se los dé; y pedirán la absolución de sus culpas, y no habrá quien las absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el mayor de los espantos.
Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él.
Cuando se piensa que un sacerdote cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey; y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios.
Cuando se piensa todo esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales.
Uno comprende el afán con que en tiempos antiguos, cada familia ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación sacerdotal.
Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se refleja en las leyes.
Uno comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación.
Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo.
Uno comprende que si un padre o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo, es como si renunciaran a un título de nobleza incomparable.
Uno comprende que más que una Iglesia, y más que una escuela, y más que un hospital, es un seminario o un noviciado.
Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario o un noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor.
Uno comprende que dar para costear los estudios de un joven seminarista o de un novicio, es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre que durante media hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la tierra y que todos los santos del cielo, pues será Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre, para alimentar al mundo.
(Hugo Wast)

El derecho a la paz


11. La promoción del derecho a la paz asegura, en cierto modo, el respeto de todos los demás derechos, porque favorece la construcción de una sociedad en cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones de colaboración con vistas al bien común.
La situación actual prueba sobradamente el fracaso del recurso a la violencia como medio para resolver los problemas políticos y sociales. La guerra destruye, no edifica; debilita las bases morales de la sociedad y crea ulteriores divisiones y tensiones persistentes.
No obstante, las noticias continúan hablando de guerras y conflictos armados con un sinfín de víctimas.
¡Cuántas veces mis predecesores y yo mismo hemos implorado el fin de estos horrores!
Continuaré haciéndolo hasta que se comprenda que la guerra es el fracaso de todo auténtico humanismo.
Gracias a Dios, son muchos los pasos que se han dado en algunas regiones hacia la consolidación de la paz. Se debe reconocer el gran mérito de aquellos políticos decididos que tienen el valor de continuar las negociaciones incluso cuando la situación parece hacerlas imposibles.
Pero, a la vez, ¿cómo no denunciar las masacres que continúan en otras regiones, con la deportación de pueblos enteros de sus tierras y la destrucción de casas y cultivos?
Ante las víctimas ya incontables, me dirijo a los responsables de las naciones y a los hombres de buena voluntad para que acudan en auxilio de los que están implicados en atroces conflictos, especialmente en África, tal vez inspirados por intereses económicos externos, y les ayuden a poner fin a los mismos. Un paso concreto en este sentido es seguramente la abolición del tráfico de armas hacia los países en guerra y el apoyo a los responsables de esos pueblos en la búsqueda de la vía del diálogo.
¡Ésta es la vía digna del hombre, ésta es la vía de la paz!
(S.S. Juan Pablo II)

jueves, 13 de julio de 2006

Oración... (V)


Oración por España:
Oh Dios, Padre nuestro, te alabamos y damos gracias. Tú que amas a todo hombre y guías todos los pueblos, acompaña los pasos de nuestra Nación, a veces difíciles, pero llenos de esperanza. Haz que veamos los signos de tu presencia y experimentemos la fuerza de tu amor que nunca disminuye.
Señor Jesús. Hijo de Dios y Salvador del mundo, hecho hombre en el seno de la Virgen María, te confesamos nuestra fe. Tu Evangelio sea luz y vigor para nuestras decisiones personales y sociales. Tu ley de amor conduzca nuestra comunidad civil con justicia y solidaridad, con reconciliación y paz, con unidad y en libertad.
Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, te invocamos con confianza. Tú que eres maestro interior, desvélanos los pensamientos y los caminos de Dios. Concédemos mirar los acontecimientos humanos con ojos limpios y penetrantes, conservar la herencia de santidad y civilización propia de nuestro pueblo, y convertirnos en la mente y el corazón para renovar nuestra sociedad.
Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, Reina de misericordia, mira a este pueblo tuyo, a esta tierra que denominamos "de María", ayúdanos, muéstranos a Jesús, y que contigo los pueblos y gentes de España hagamos lo que Dios quiere de nosotros que siempre será lo mejor.

(+ Antonio Cañizares Llovera)
Cardenal Arzobispo de Toledo
Primado de España
Toledo, 29 de junio de 2006

Oración... (IV)


Oh, Dios, que en la Sagrada Familia nos dejaste un modelo perfecto de vida familiar vivida en la fe y la obediencia a tu voluntad.
Te damos gracias por nuestra familia.
Concédenos la fuerza para permanecer unidos en el amor, la generosidad y la alegría de vivir juntos.
Te pedimos, Señor, que este tiempo de preparación al encuentro mundial de las familias sea un tiempo de intensa experiencia de fe y de crecimiento de nuestras familias.
Ayúdanos en nuestra misión de transmitir la fe que recibimos de nuestros padres.
Abre el corazón de nuestros hijos para que crezca en ellos la semilla de la fe que recibieron en el bautismo. Fortalece la fe de nuestros jóvenes, para que crezcan en el conocimiento de Jesús.
Aumenta el amor y la fidelidad en todos los matrimonios, especialmente aquéllos que pasan por momentos de sufrimiento o dificultad.
Derrama tu gracia y tu bendición sobre todas las familias del mundo,
especialmente aquéllas que se preparan para el próximo encuentro mundial de las familias en Valencia.
Bendice también a nuestro Papa Benedicto.
Dale sabiduría y fortaleza, y concédenos el gozo de poderlo recibir en Valencia
junto con las familias de todo el mundo.
Unidos a José y María, te lo pedimos por Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor.
Amén.

miércoles, 21 de junio de 2006

Perdonar...


¿Cómo es posible hacer el bien a quien nos hace daño?
El perdón y el buen trato a quienes nos han hecho daño es, ciertamente, difícil. Pero no imposible. Además, es conveniente y necesario. Y, adicionalmente, nos lo ordena muy estrictamente, Dios nuestro Señor.
Hay que recordar que seremos perdonados por Dios como nosotros perdonemos a nuestros semejantes. Si no estamos dispuestos a esto no podemos siquiera rezar el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” .
Pareciera que Jesús quiso medir su Perdón con la misma medida de nuestro perdón. Si realmente nos diéramos cuenta de cómo somos, de cuánto le fallamos a Dios y a nuestros semejantes, podríamos comenzar a ser magnánimos y comprensivos, y podríamos empezar a comprender la necesidad que tenemos de ser perdonados y de perdonar.
Podríamos comenzar con revisarnos interiormente, porque no basta perdonar externamente, es decir, no desquitarse o vengarse de alguna manera ante el daño recibido. Esto no basta. Recordemos que el deseo de venganza, como cualquier pecado, comienza a crecer en nuestro interior, y si allí se anida, brota en cualquier momento, en cualquier forma.
Así, aunque no lleguen a expresarse externamente, es preciso -además- ir evitando todo sentimiento y pensamiento de rencor, de resentimiento, de falta de perdón, que pretendan anidar en nuestra alma. Esto ensucia el alma. Y Dios, que todo lo ve y todo lo conoce, se da cuenta de nuestros sentimientos ocultos en contra de nuestros semejantes.
El nos exige amar como El nos ama. Y El nos amó hasta la muerte ... a pesar de nuestras faltas, de nuestras infidelidades para con El, de nuestros “no” a sus deseos.
Sí. Esta es una exigencia que pareciera imposible cumplir. Pero es imposible en la medida que tratamos de cumplirla por nosotros mismos. De hecho, nuestra naturaleza humana herida por el pecado, nos inclina a la venganza.
Sólo Dios en nosotros puede perdonar en nosotros el mal que nosotros preferiríamos vengar. ¿Cómo puede Dios actuar así en nosotros? Debemos buscar a Dios en la oración. Debemos orar para perdonar.
Un buen ejercicio de oración para aprender a perdonar es precisamente la frase del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofrensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Al rezar el Padre Nuestro y al repetir esta frase, se puede pensar en los que nos han ofendido y ponerlos ante el Padre Celestial, tal vez diciendo interiormente al Señor: “Tú sabes, Señor, lo que me cuesta. Tú sabes, Señor, lo que siento. No puedo perdonar. Pero sí quiero perdonar, porque Tú me lo pides. Perdona Tú en mí, Señor”.
Por cierto, el perdón a los enemigos es una singularidad del cristianismo, porque la exigencia del perdón no está enunciada en ninguna otra religión. Esto nos lo menciona el Papa Juan Pablo II en su mensaje con motivo de la Cuaresma del año 2002, que trata precisamente sobre el perdón.
(*)

lunes, 12 de junio de 2006

Oración... (III)


Oración para los momentos difíciles
Señor, ya está aquí la cruz.
Y yo me desoriento, y experimento una vez más la impotencia de ser hombre.
La oscuridad me rodea, mientras voy buscando a tientas Tu rostro. Te confieso que la prueba se me hace muy dura, demasiado larga esta vez.
No puedo más, Señor. No puedo.
Ya no estoy seguro de nada, ni estoy para nada.
Te veo en la Cruz, pero dudo, y el desaliento hace que me derrumbe en medio de la noche.
Intento rezar, pero ni eso puedo.
Te hablo, pero la oración rebota en las frías paredes del silencio.
Sé que estás aquí, que me observas y que me escuchas. Lo sé, y aunque no sienta nada quiero creerlo. Es más, lo creo. Creo en Tu divina Providencia que me prepara para algo que se me escapa.
Te lo entrego todo. Mi pesar, mis miedos, mis sentidos, mi futuro… Ocúpate Tú ahora de mis cosas, de la incertidumbre que ahora ahoga mi alma, tan llena de miserias.
Espero sólo en Ti. Sobre todo en este momento en el que no veo ninguna salida.
Haz que Tu rostro amanezca pronto en el horizonte de mi confusión.
“Te estoy llamando, ven deprisa”.
Señor mío, sin Ti no entiendo lo que me sucede, ni sé cómo reaccionar.
Sin Ti, ¡es todo tan difícil! Ven, ven pronto, sálvame de mi mismo, no te fíes de mí.
Toma mi corazón, dame fuerza y valor, y líbrame de mis inquietudes e iniquidades.
Ante Ti quiero humillarme y ofrecerte lo que soy. Es decir, nada. Creía que podía algo por mí mismo, y ya me ves, cada día que pasa soy más atolondrado.
A pesar de las tinieblas Te pido el don de la alegría.
A pesar de las dificultades y del sufrimiento Te quiero más que nunca y espero sólo en Ti.
Por favor, no me dejes.
Ayúdame a sacar fruto abundante de este momento difícil.
No dejes que caiga en la tristeza o en la angustia.
No entiendo, no puedo…, pero soy hijo Tuyo.
Líbrame pues de esta contrariedad. Si quieres, si lo ves conveniente.
Y hasta que ese momento llegue quiero abandonarme a ella, seguir Tu ejemplo redentor, abrazándome a Tu Cruz, junto a María. Porque ya no quiero ni deseo otra cosa que no sea Tu voluntad. Para resucitar siempre a la misericordia de Tu amor infinito.

(Guillermo Urbizu)

martes, 30 de mayo de 2006

Retrato de una Madre


Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que, siendo joven tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud; la mujer que si es ignorante descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo rica, daría con gusto su tesoro para no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo débil se reviste a veces con la bravura del león; una mujer que mientras vive no la sabemos estimar porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero que después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus latidos. De esa mujer no me exija el nombre si no quieres que empape de lágrimas vuestro álbum, porque yo la vi pasar en mi camino. Cuando crezcan vuestros hijos, léanles esta página, y ellos, cubriendo de besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero, en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado aquí para vosotros y para ellos, un boceto del Retrato de su madre.
(Monseñor Ramón Ángel Jara)

No llores si me amas...










No llores si me amas,
si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo.
Si pudieras oír el cántico de los ángeles,
y verme en medio de ellos.
Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos, los horizontes, los campos
y los nuevos senderos que atravieso.
Si por un instante pudieras contemplar como yo,
la belleza ante la cual las bellezas palidecen.
¿Tu me has visto, me has amado en el país de las sombras
y no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?
Créeme.
Cuando la muerte venga a romper las ligaduras
como ha roto las que a mí me encadenaban,
cuando llegue un día que Dios ha fijado y conoce,
y tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía,
ese día volverás a verme,
sentirás que te sigo amando, que te amé,
y encontrarás mi corazón con todas sus ternuras purificadas.
Volverás a verme en transfiguración, en éxtasis, feliz,
ya no esperando la muerte, sino avanzando conmigo,
que te llevaré de la mano por senderos nuevos de Luz y de Vida.
Enjuga tu llanto y no llores si me amas.

(San Agustín)

domingo, 21 de mayo de 2006

El "no" de los mandamientos...


El Papa afirma que el "no" de los mandamientos son "si" al crecimiento de la auténtica libertad
Vaticano, 19 Marzo 2006 (ACI).- Hoy por la mañana el Papa Benedicto XVI presidió la Celebración Eucarística para los trabajadores en la Basílica de San Pedro recordándoles que los “no” de los mandamientos son “si” al crecimiento de una auténtica libertad y que estos son testimonio del amor de Dios por los hombres.
Al iniciar su homilía el Pontífice hizo referencia a la primera lectura, concretamente a los mandamientos, afirmando que estos “son el medio que el Señor nos dona para defender nuestra libertad, tanto de los condicionamientos internos de las pasiones como de los abusos externos de los malintencionados”.
Seguidamente explicó que “los ‘no’ de los mandamientos son ‘si’ al crecimiento de una auténtica libertad” y que “el Decálogo es un testimonio del amor de predilección” de Dios por el ser humano.
Asimismo, afirmado que “Cristo ha revelado la sabiduría y el amor de Dios mediante el misterio de la Cruz”, recordó que “la dolorosa y escandalosa muerte de Cristo sería coronada por el triunfo de la gloriosa resurrección”.
El Santo Padre hizo también referencia al trabajo, recordando que este “reviste primaria importancia para la realización del hombre y para el desarrollo de la sociedad, y para esto es necesario que este sea siempre organizado y desarrollado en el pleno respeto de la humana dignidad y al servicio del bien común”.
“Al mismo tiempo
- continuó- es indispensable que el hombre no se deje someter por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en este el sentido último y definitivo de la vida”.
Y en este contexto hizo referencia al día de descanso, afirmando que “el reposo abre la perspectiva de una libertad más plena, aquella del sábado eterno. El reposo conciente a los hombres recordar y de revivir las obras de Dios, desde la Creación a la Redención, de reconocerse ellos mismos como obra Suya, de dar gracias por la propia vida y de la propia subsistencia a Él, que es el Autor”.
Finalmente dijo: “es necesario vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través del propio trabajo, imitando a san José, que cada día ha debido proveer a las necesidades de la Santa Familia con sus manos”.

Hacer Su Voluntad...


¿Por qué si Dios nos hizo libres nos obliga a hacer su Voluntad?
Comencemos por decir que Dios no nos obliga a hacer su Voluntad. Dios desea que hagamos su Voluntad, pues en su Voluntad está nuestra salvación, nuestra eterna felicidad. Y, por el contrario, en nuestra voluntad, cuando la misma no está guiada por la Voluntad de Dios, está nuestra condenación. Entonces, como Dios sabe qué es lo que nos conviene, nos va guiando -en libertad- hacia el conocimiento de su Voluntad, pues su deseo es que todos nos salvemos para disfrutar de la felicidad plena y eterna, para la cual nos creó.
Dios nos hizo libres. Somos libres. Somos responsables de nuestros actos. Eso sí, nos dio ese poder de decisión para que libremente podamos escogerlo a El y llegar así a la plena y total felicidad en El, para toda la eternidad. (cf. CIC #1730 Y 1743)
Pero ... ¿qué es la libertad? Es el poder de actuar o de no actuar, de hacer una cosa u otra; es el poder de escoger entre opciones y de realizar acciones que nosotros mismos decidimos. La libertad es un regalo grande que Dios nos ha dado, rasgo importantísmo de lo que llamamos “dignidad humana”. Y ese regalo de Dios lo usamos bien cuando nos sirve para llegar a Dios, Quien es nuestro fin último, el propósito para el cual fuimos creados. (cf. CIC #1731)
La libertad, por supuesto, nos permite hacer el bien o hacer el mal. Los seres humanos somos libres de escoger a Dios o de rechazarlo. Pero Dios quiso que sus creaturas lo escogiéramos a El en libertad, no por la fuerza. El no nos obliga a escogerlo a El. Quiere que lo hagamos libremente.
Se trata de amar, de amar a Dios sobre todas las cosas; es decir, de escogerlo a El antes de cualquier otra persona o cosa. Y si de amor se trata, ¿cómo puede obligarse a alguien a amar? Justamente para amar tenemos que ser libres. El amor implica poder escoger a quien se ame. El amor no puede lograrse por la fuerza. Dios, entonces, no nos obliga a amarlo. Desea que lo hagamos libremente.
Cuando nos dejamos guiar por nosotros mismos, y no por el Espíritu, vemos la libertad como un derecho a usar desordenadamente las cosas que Dios ha puesto para nuestro servicio. Surge entonces el conflicto sobre si tenemos libertad o no. En cambio, cuando nos dejamos guiar por el Espíritu, la libertad la reconocemos como un regalo, como ese agradable “dejarnos llevar”, para ir buscando a Dios. Es así como, en cuanto el ser humano reconoce la supremacía del Espíritu sobre el yo, el conflicto cesa, pues usa entonces la libertad para buscar a Dios y no para buscar la propia satisfacción. La libertad, así entendida, se convierte en el hilo conductor que nos va llevando hacia Dios.
En resumen: Dios nos comunica su gracia para que podamos, libremente, escoger su Voluntad, que es nuestra verdadera felicidad. Y “como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración”, a medida que nos dejamos guiar cada vez más por el Espíritu, crece en nosotros la libertad y la verdadera felicidad (cf. CIC # 1742).
A medida que el hombre va practicando el bien y rechazando el mal, va encontrando el verdadero sentido de la libertad, como camino a la verdadera felicidad.
www.homilia.org

miércoles, 17 de mayo de 2006

¿Qué es el pecado?...


El pecado
La voz de la conciencia a veces nos dice lo que está bien o mal de nuestros actos, pero no siempre comprendemos qué es exactamente el pecado y por qué ofende a Dios.
Entender el pecado es comprender nuestra conducta humana, y su relación con Dios; una conducta que puede contravenir a su voluntad y a sus mandamientos.
En nuestra sociedad actual se tiende a ver todo como algo relativo, y que nuestros actos no tienen consecuencias. El primer efecto es una grave (muy grave) constancia en la ofensa a Dios, y ha sido tan difundido este efecto, que actualmente nuestra sociedad humana comienza a plagarse de problemas como la deshonestidad, la mentira, la deslealtad y en casos muy graves la perversión misma comienza a verse como algo "normal".
Comprender qué es el pecado es importante porque nos puede hacer comprender mejor nuestra relación con Dios y los efectos de nuestras acciones.
Ser católicos cabales significa comprender lo bueno y malo de nuestros actos. Los católicos debemos saber en qué creemos y por qué lo creemos. Este documento y los demás que integran este informe especial dará a todos una perspectiva clara de qué es el pecado y por qué hay que evitarlo.
Pero comencemos por definirlo:
El pecado dice San Agustín, es "toda palabra, acto o deseo contra la ley de Dios" (cfr. Contra Faustum I, 22 c. 27: PL 42, 418). O bien, según la definición clásica, pecado es:
a) la transgresión: es decir violación o desobediencia;
b) voluntaria: porque se trata no sólo de un acto puramente material, sino de una acción formal, advertida y consentida;
c) de la ley divina: o sea, de cualquier ley obligatoria, ya que todas reciben su fuerza de la ley eterna.
En realidad siempre la causa universal de todo pecado es el egoísmo o amor desordenado de sí mismo (cfr. S. Th., I-II, q. 84, a. 2).
Amar a alguien es desearle algún bien, pero por el pecado desea el hombre para sí mismo, desordenadamente, un bien sensible incompatible con el bien racional.
Que el amor desordenado a sí mismo y a las cosas materiales es la raíz de todo pecado queda frecuentemente de manifiesto en la Sagrada Escritura (cfr. Prov. 1, 19; Eclo. 10, 9; Jue. 5, 10; 10, 4; I Sam. 25, 20; II Sam. 17, 23; I Re. 2, 40; Mt. 10, 25; etc.).
Junto a la causa universal de todo pecado, podemos distinguir otras, tanto internas como externas:
Las causas internas son las heridas que el pecado original dejó en la naturaleza humana:
1) la herida en el entendimiento: la ignorancia que nos hace desconocer la ley moral y su importancia;
2) la herida en el apetito concupiscible: la concupiscencia o rebelión de nuestra parte más baja, la carne, contra el espíritu;
3) la herida en el apetito irascible: la debilidad o dificultad en alcanzar el bien arduo, que sucumbe ante la fuerza de la tentación y es aumentada por los malos hábitos;
4) la herida en la voluntad: la malicia que busca intencionadamente el pecado, o se deja llevar por él sin oponer resistencia.
Las causas externas son:
1) el demonio, cuyo oficio propio es tentar o atraer a los hombres al mal induciéndolos a pecar. "Sed sobrios y estad en vela, porque vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros en busca de presa que devorar" (I Pe. 5, 8; cfr. también Sant. 4, 7);
2) las criaturas que, por el desorden que dejó en el alma el pecado original, en vez de conducirnos a Dios en ocasiones nos alejan de El. Pueden ser causa del pecado ya sea como ocasión de escándalo (ver 7.3.3.d), bien cooperando al mal del prójimo (ver 7.3.3.e).

El doble elemento de todo pecado
- El alejamiento de Dios
Es su elemento formal y, propiamente hablando, no se da sino en el pecado mortal, que es el único en el que se realiza en toda su integridad la noción de pecado.Al transgredir el precepto divino, el pecador percibe que se separa de Dios y, sin embargo, realiza la acción pecaminosa. No importa que no tenga la intención directa de ofender a Dios, pues basta que el pecador se de cuenta de que su acción es incompatible con la amistad divina y, a pesar de ello, la realice voluntariamente, incluso con pena y disgusto de ofender a Dios.
- La conversión a las criaturas
Como se deduce de lo ya dicho, en todo pecado hay también el goce ilícito de un ser creado, contra la ley o mandato de Dios. Casi siempre es esto precisamente lo que busca el hombre al pecar, más que pretender directamente ofender a Dios: deslumbrado por la momentánea felicidad que le ofrece el pecado, lo toma como un verdadero bien, como algo que le conviene, sin admitir que se trata sólo de un bien aparente que, apenas gustado, dejar en su alma la amargura del remordimiento y de la decepción.

http://www.encuentra.com
http://130.94.75.135/seccion.php?f_doc=71&f_tipo_doc=6

martes, 16 de mayo de 2006

Oración... (II)


La Salve
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra;
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva;
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando,
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!
Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.
Amén

lunes, 15 de mayo de 2006

Oración...


GLORIA
Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Por Tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos,
te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso
Señor, Hijo único, Jesucristo.
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre;
Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros;
Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica;
Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros;
porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo Jesucristo,
con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén.

La demora de Dios...


La demora de Dios no es una negativa.
Dios responde todas las oraciones, aunque no siempre de la manera esperada.
Nosotros pensamos en el presente; Dios nos prepara para la eternidad. Preparó por miles de años la venida de su Hijo.
Te hará esperar lo necesario para alcanzar los mejores resultados.
Contempla como Dios actúa lentamente en la creación. No se puede apurar a Dios. La espera es para nuestro bien. Aun lo bueno puede hacer daño si se alcanza prematuramente.
A veces Dios demora la respuesta a una oración hasta que hayas aprendido algo que Él quiera enseñarte.
A veces espera hasta que se produzcan las condiciones propicias para el resultado que quiere lograr. Como en el caso de aquel ciego de nacimiento. Tuvo que ser ciego toda su vida para que todos lo supieran, y así, al llegar cierto día Jesús y sanarlo milagrosamente, Dios fuese glorificado (véase Juan 9).
En ciertos casos, tal vez transcurran años hasta que sepas por qué Dios no respondió del modo que esperabas, o cuando se lo pediste.
¡pero el día llegará, y sabrás que Dios actuó acertadamente!
¡Espera en el Señor!
¡La oscuridad más densa es antes del amanecer, y la mayor desesperación ocurre justo antes de la Salvación!¡La más profunda desesperanza ataca justo antes de ser rescatado!
Por eso, no dudes ni por un instante de que Dios te contestará.
¡Ya verás que lo hace!
¡Confía en Él y dale gracias por la respuesta, aunque no la veas de inmediato!
¡Después te alegrarás de haber confiado en Él!
La vida te parece larga pero no es sino un suspiro antes de la eternidad.
(*)

domingo, 14 de mayo de 2006

Versos de juventud...


El vuelo del pelícano

Si existiera un alma así,
que brotase a los pies de quienes sufren, que tomase el cáliz y fuese a apagar la sed de aquellos que anhelan el pan y la sangre del Señor.
Si existiera un alma así,
que brotase a los pies de quienes sufren en los negros crucifijos de los martirios con la llama de la vela,
un alma así que confesara el dolor del mundo, que cargase con el peso de la desgracia
y alargase la mano hacia el amor de las manos crucificadas.

Karol Wojtyla
(S.S. Juan Pablo II)

13 de Mayo


Oración:
¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo!
¡Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, no te aman!.

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que El es ofendido.
Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pecadores.

jueves, 11 de mayo de 2006

Huellas en la arena...


Una noche tuve un sueño...
soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida.
Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor.
Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena.
Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida.
Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor:
"Señor, Tu me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porque Tu me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba".
Entonces, El, clavando en mi su mirada infinita me contestó:
"Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles.
Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos".

http://www.devocionario.com/textos/c_huellas.html