
Pasamos ahora a otra sentencia verdaderamente notable del evangelio: Él (Juan) ha sido llamado "para hacer volver los corazones de los padres a los hijos" (Lc 1,17). Se trata, pues, de una misión de paz. De hecho, a todo sacerdote se le encomienda esta misión. Sólo donde hay paz puede haber espacio para Dios. Juan fue llamado para crear - o al menos para trabajar en ese sentido - la paz en las familias y entre generaciones y, desde aquí, la paz con Dios.
Pero, ¿cómo surge la paz? No mediante manifestaciones y peroratas, ni menos aún mediante el ejercicio de la violencia y a través de un moralismo que se aleja de la objetividad y destruye, por ende, los fundamentos de la moral. Un pueblo puede destruirse a si mismo por completo, sin necesidad de agresiones exteriores, cuando ha perdido la capacidad de paz y de reconciliación, esto es cuando ya no puede creer en la fuerza del bien y sólo conoce, por consiguiente, el lenguaje de la violencia, que es el lenguaje de la destrucción. El sacerdote ha sido llamado a ser mensajero de la paz, en cuanto que da a los hombres el valor de la reconciliación. Pero sólo puede dárselo si mantiene su corazón abierto para ser tocado y afectado por el inconmensurable perdón de Dios.
Me siento siempre profundamente conmovido por el hecho de que la penúltima petición del Padrenuestro - perdónanos como nosotros perdonamos - es la única a la que el Señor ha añadido un comentario que en realidad es una exigencia: "como nosotros perdonamos". Si no os perdonáis los unos a los otros - tal es el significado de la inclusión -, ¿cómo os va a perdonar el Padre? Pero en nuestro texto se insiste sobre todo en el otro aspecto, el verdaderamente humano en esta materia: se insiste en la familia como célula originaria de toda convivencia humana. En ella deben aprenderse las relaciones fundamentales de la sociedad y también, por tanto, la capacidad de relacionarse con Dios. En la familia, y sólo en ella y desde ella, puede la convivencia del amor superar la contraposición de la alteridad (del "otro"), para llegar a la verdadera comunidad. En ella deben aprender a conocerse las generaciones: de la salvación de la familia depende la capacidad de paz de un pueblo. Si la familia no concilia ya a varón y mujer, a jóvenes y ancianos, se pervierten las relaciones humanas básicas, para convertirse en una lucha de todos contra todos. Por eso, que los padres se vuelvan a los hijos es el presupuesto para el comienzo de la paz mesiánica. De ahí que la destrucción de la familia sea la más segura señal del anticristo, del destructor de la paz, bajo la máscara de quienes afirman traer la paz y la liberación.
Los especialistas se han planteado la pregunta:¿Quienes son, en realidad, los que deben volverse?¿Los padres a los hijos, o los hijos a los padres? El tema se presta, sin duda, a prolijas discusiones. Pero, a mi entender, si leemos bien el texto del Evangelio, junto con su prehistoria viejotestamentaria, se advierte claramente que no es que los unos deban convertirse a los otros, sino que ambos están necesitados de conversión, en cuanto que las dos partes tienen de nuevo el valor de creer en Dios. Sólo así aprenderán a entenderse y admitirse mutuamente. Sólo mediante la conversión del corazón a Dios puede surgir el valor para la convivencia, la confianza en los hombres y, a una con ello, la capacidad de amar y de soportar la alteridad.
(Joseph Ratzinger)
(del libro "Servidor de vuestra alegría")
(Editorial Herder)
(ISBN: 84-254-2433-X)



