lunes, 24 de julio de 2006

Trabajar por la paz


Pasamos ahora a otra sentencia verdaderamente notable del evangelio: Él (Juan) ha sido llamado "para hacer volver los corazones de los padres a los hijos" (Lc 1,17). Se trata, pues, de una misión de paz. De hecho, a todo sacerdote se le encomienda esta misión. Sólo donde hay paz puede haber espacio para Dios. Juan fue llamado para crear - o al menos para trabajar en ese sentido - la paz en las familias y entre generaciones y, desde aquí, la paz con Dios.
Pero, ¿cómo surge la paz? No mediante manifestaciones y peroratas, ni menos aún mediante el ejercicio de la violencia y a través de un moralismo que se aleja de la objetividad y destruye, por ende, los fundamentos de la moral. Un pueblo puede destruirse a si mismo por completo, sin necesidad de agresiones exteriores, cuando ha perdido la capacidad de paz y de reconciliación, esto es cuando ya no puede creer en la fuerza del bien y sólo conoce, por consiguiente, el lenguaje de la violencia, que es el lenguaje de la destrucción. El sacerdote ha sido llamado a ser mensajero de la paz, en cuanto que da a los hombres el valor de la reconciliación. Pero sólo puede dárselo si mantiene su corazón abierto para ser tocado y afectado por el inconmensurable perdón de Dios.
Me siento siempre profundamente conmovido por el hecho de que la penúltima petición del Padrenuestro - perdónanos como nosotros perdonamos - es la única a la que el Señor ha añadido un comentario que en realidad es una exigencia: "como nosotros perdonamos". Si no os perdonáis los unos a los otros - tal es el significado de la inclusión -, ¿cómo os va a perdonar el Padre? Pero en nuestro texto se insiste sobre todo en el otro aspecto, el verdaderamente humano en esta materia: se insiste en la familia como célula originaria de toda convivencia humana. En ella deben aprenderse las relaciones fundamentales de la sociedad y también, por tanto, la capacidad de relacionarse con Dios. En la familia, y sólo en ella y desde ella, puede la convivencia del amor superar la contraposición de la alteridad (del "otro"), para llegar a la verdadera comunidad. En ella deben aprender a conocerse las generaciones: de la salvación de la familia depende la capacidad de paz de un pueblo. Si la familia no concilia ya a varón y mujer, a jóvenes y ancianos, se pervierten las relaciones humanas básicas, para convertirse en una lucha de todos contra todos. Por eso, que los padres se vuelvan a los hijos es el presupuesto para el comienzo de la paz mesiánica. De ahí que la destrucción de la familia sea la más segura señal del anticristo, del destructor de la paz, bajo la máscara de quienes afirman traer la paz y la liberación.
Los especialistas se han planteado la pregunta:¿Quienes son, en realidad, los que deben volverse?¿Los padres a los hijos, o los hijos a los padres? El tema se presta, sin duda, a prolijas discusiones. Pero, a mi entender, si leemos bien el texto del Evangelio, junto con su prehistoria viejotestamentaria, se advierte claramente que no es que los unos deban convertirse a los otros, sino que ambos están necesitados de conversión, en cuanto que las dos partes tienen de nuevo el valor de creer en Dios. Sólo así aprenderán a entenderse y admitirse mutuamente. Sólo mediante la conversión del corazón a Dios puede surgir el valor para la convivencia, la confianza en los hombres y, a una con ello, la capacidad de amar y de soportar la alteridad.

(Joseph Ratzinger)
(del libro "Servidor de vuestra alegría")
(Editorial Herder)
(ISBN: 84-254-2433-X)

viernes, 21 de julio de 2006

Cuando se piensa...


Cuando se piensa que ni la Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote.
Cuando se piensa que ni los ángeles ni los arcángeles, ni Miguel ni Gabriel ni Rafael, ni príncipe alguno de aquellos que vencieron a Lucifer pueden hacer lo que un sacerdote.
Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo en la última Cena realizó un milagro más grande que la creación del Universo con todos sus esplendores y fue el convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre para alimentar al mundo, y que este portento, ante el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un sacerdote.
Cuando se piensa en el otro milagro que solamente un sacerdote puede realizar: perdonar los pecados y que lo que él ata en el fondo de su humilde confesionario, Dios obligado por su propia palabra, lo ata en el cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios.
Cuando se piensa que la humanidad se ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y mujeres que se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora que sólo un sacerdote puede realizar.
Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese poquito de pan y ese poquito de vino.
Cuando se piensa que eso puede ocurrir, porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la Tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes gritarán de hambre y de angustia, y pedirán ese pan, y no habrá quien se los dé; y pedirán la absolución de sus culpas, y no habrá quien las absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el mayor de los espantos.
Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él.
Cuando se piensa que un sacerdote cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey; y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios.
Cuando se piensa todo esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales.
Uno comprende el afán con que en tiempos antiguos, cada familia ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación sacerdotal.
Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se refleja en las leyes.
Uno comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación.
Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo.
Uno comprende que si un padre o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo, es como si renunciaran a un título de nobleza incomparable.
Uno comprende que más que una Iglesia, y más que una escuela, y más que un hospital, es un seminario o un noviciado.
Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario o un noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor.
Uno comprende que dar para costear los estudios de un joven seminarista o de un novicio, es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre que durante media hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la tierra y que todos los santos del cielo, pues será Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre, para alimentar al mundo.
(Hugo Wast)

El derecho a la paz


11. La promoción del derecho a la paz asegura, en cierto modo, el respeto de todos los demás derechos, porque favorece la construcción de una sociedad en cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones de colaboración con vistas al bien común.
La situación actual prueba sobradamente el fracaso del recurso a la violencia como medio para resolver los problemas políticos y sociales. La guerra destruye, no edifica; debilita las bases morales de la sociedad y crea ulteriores divisiones y tensiones persistentes.
No obstante, las noticias continúan hablando de guerras y conflictos armados con un sinfín de víctimas.
¡Cuántas veces mis predecesores y yo mismo hemos implorado el fin de estos horrores!
Continuaré haciéndolo hasta que se comprenda que la guerra es el fracaso de todo auténtico humanismo.
Gracias a Dios, son muchos los pasos que se han dado en algunas regiones hacia la consolidación de la paz. Se debe reconocer el gran mérito de aquellos políticos decididos que tienen el valor de continuar las negociaciones incluso cuando la situación parece hacerlas imposibles.
Pero, a la vez, ¿cómo no denunciar las masacres que continúan en otras regiones, con la deportación de pueblos enteros de sus tierras y la destrucción de casas y cultivos?
Ante las víctimas ya incontables, me dirijo a los responsables de las naciones y a los hombres de buena voluntad para que acudan en auxilio de los que están implicados en atroces conflictos, especialmente en África, tal vez inspirados por intereses económicos externos, y les ayuden a poner fin a los mismos. Un paso concreto en este sentido es seguramente la abolición del tráfico de armas hacia los países en guerra y el apoyo a los responsables de esos pueblos en la búsqueda de la vía del diálogo.
¡Ésta es la vía digna del hombre, ésta es la vía de la paz!
(S.S. Juan Pablo II)

jueves, 13 de julio de 2006

Oración... (V)


Oración por España:
Oh Dios, Padre nuestro, te alabamos y damos gracias. Tú que amas a todo hombre y guías todos los pueblos, acompaña los pasos de nuestra Nación, a veces difíciles, pero llenos de esperanza. Haz que veamos los signos de tu presencia y experimentemos la fuerza de tu amor que nunca disminuye.
Señor Jesús. Hijo de Dios y Salvador del mundo, hecho hombre en el seno de la Virgen María, te confesamos nuestra fe. Tu Evangelio sea luz y vigor para nuestras decisiones personales y sociales. Tu ley de amor conduzca nuestra comunidad civil con justicia y solidaridad, con reconciliación y paz, con unidad y en libertad.
Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, te invocamos con confianza. Tú que eres maestro interior, desvélanos los pensamientos y los caminos de Dios. Concédemos mirar los acontecimientos humanos con ojos limpios y penetrantes, conservar la herencia de santidad y civilización propia de nuestro pueblo, y convertirnos en la mente y el corazón para renovar nuestra sociedad.
Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, Reina de misericordia, mira a este pueblo tuyo, a esta tierra que denominamos "de María", ayúdanos, muéstranos a Jesús, y que contigo los pueblos y gentes de España hagamos lo que Dios quiere de nosotros que siempre será lo mejor.

(+ Antonio Cañizares Llovera)
Cardenal Arzobispo de Toledo
Primado de España
Toledo, 29 de junio de 2006

Oración... (IV)


Oh, Dios, que en la Sagrada Familia nos dejaste un modelo perfecto de vida familiar vivida en la fe y la obediencia a tu voluntad.
Te damos gracias por nuestra familia.
Concédenos la fuerza para permanecer unidos en el amor, la generosidad y la alegría de vivir juntos.
Te pedimos, Señor, que este tiempo de preparación al encuentro mundial de las familias sea un tiempo de intensa experiencia de fe y de crecimiento de nuestras familias.
Ayúdanos en nuestra misión de transmitir la fe que recibimos de nuestros padres.
Abre el corazón de nuestros hijos para que crezca en ellos la semilla de la fe que recibieron en el bautismo. Fortalece la fe de nuestros jóvenes, para que crezcan en el conocimiento de Jesús.
Aumenta el amor y la fidelidad en todos los matrimonios, especialmente aquéllos que pasan por momentos de sufrimiento o dificultad.
Derrama tu gracia y tu bendición sobre todas las familias del mundo,
especialmente aquéllas que se preparan para el próximo encuentro mundial de las familias en Valencia.
Bendice también a nuestro Papa Benedicto.
Dale sabiduría y fortaleza, y concédenos el gozo de poderlo recibir en Valencia
junto con las familias de todo el mundo.
Unidos a José y María, te lo pedimos por Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor.
Amén.