«No se avergüencen de creer»
Ingrid Betancourt, galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2008, se consagró al Sagrado Corazón de Jesús durante su
cautiverio, tras descubrir a su lado una Presencia que cambió profundamente su vida.
Hoy quiere hablar especialmente a quienes «están enojados con Dios y no quieren creer», especialmente a sus captores, que mantienen secuestradas aún a unas tres mil personas: «El mundo les está esperando»
Alfa y Omega pudo recoger estas confidencias de la ex candidata a la Presidencia de Colombia, secuestrada durante casi siete años por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a su paso por Roma, con motivo de la audiencia que le concedió Benedicto XVI, el 1 de septiembre.
Esta mujer menuda, debilitada por condiciones inhumanas de prisión, tiene, sin embargo, una fuerza interior sorprendente, que le lleva a dirigirse a sus ex carceleros, que todavía retienen a unos tres mil secuestrados en su poder, con estas palabras: «Les conozco profundamente, conozco su organización, su manera de pensar. Hoy quiero decirles que el mundo les está esperando.... La respuesta está en el corazón de ustedes, no en cálculos militares y políticos». Desde que fue liberada por el Ejército de Colombia, junto a otros secuestrados, Betancourt ha sorprendido a las cámaras de televisión del mundo entero por su lenguaje profundamente espiritual, que antes le era prácticamente desconocido.
¿Qué pasó en la selva? ¿Cómo se ha operado esta transformación interior?
Durante su cautiverio, Betancourt sólo tenía dos libros, la Biblia y el diccionario, además de una radio, que la mantenía en contacto con el mundo.
Un día, escuchando la Radio Católica Mundial, su vida cambiaría, al descubrir las promesas que hizo el Sagrado Corazón de Jesús a quien decida consagrarle su vida. Entre éstas, quedó impresionada por la primera (tocar el corazón duro de quienes le hagan sufrir), y por la ayuda en el tránsito de la muerte. «Eso es para mí -se dijo a sí misma-. Yo necesito que Dios toque el corazón duro de la guerrilla. Yo necesito que la empresa mía, que es la de obtener la libertad de todos nosotros, Él la tome para sí, la bendiga y permita que esto suceda. Y yo necesito que Él me acompañe a llevar esta cruz, porque yo sola ya no puedo más».
Dios hace bien las cosas
Benedicto XVI, al recibir a Betancourt, le dijo que Cristo «te hizo el milagro de tu liberación, porque tú supiste pedirle. Porque tú no le pediste tu liberación; tú le pediste que se hiciera su voluntad y que te ayudara a entender su voluntad».El padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede, tras escuchar las palabras de Betancourt, contó que «su testimonio, lleno de rasgos
explícitamente espirituales y cristianos, quizá corre el riesgo de no ser tomado demasiado en serio por una mentalidad laicista; pero en un cautiverio tan largo las perspectivas sobre lo que es verdaderamente importante en la vida cambian; y no sólo lo testimonia Ingrid, sino también los otros secuestrados».
En sus palabras espontáneas pronunciadas en Roma, Betancourt también hizo un llamamiento precisamente a las personas que no creen, o como ella dice, «que están enojadas con Dios y no quieren creer». Porque, efectivamente, «hay muchas personas a quienes les da vergüenza creer en Dios. Yo lo único que les puedo decir es que hay alguien que nos oye y nos habla con palabras y que, si nosotros entendemos cómo hablarle a Él, Él nos va a ayudar».
En toda su experiencia -reconoce-, hay un secreto: el haber descubierto la ternura de Dios meditando en los evangelios, a través de la Virgen María. «Comprendí la dimensión de esta mujer, su carácter, su valentía, su inteligencia para hablar a su Hijo. Comprendí toda esta dimensión y entendí que podía hablar con Ella, porqué sabía que me entendería. Entonces empecé a tener una relación más íntima con María, porque no me atrevía a hablar con Jesús. Sentía que estaba demasiado... demasiado lejos, demasiado alto, perfecto, demasiado Dios».
Hoy dice a quien quiera escucharlo: «Dios hace bien las cosas, Dios hace las cosas bien».
Jesús Colina.
Roma
http://www.alfayomega.es/revista/2008/607/15_contraportada.html
