martes, 24 de julio de 2007

Carta a Ragheed...



«Tu sangre no ha sido derramada en vano»
Viernes, 8 de junio 2007

En nombre de Dios, clemente y misericordioso, Ragheed, hermano mío, te pido perdón, hermano, por no haber estado a tu lado cuando los criminales abrieron fuego contra ti y tus hermanos, pero las balas que han traspasado tu cuerpo puro e inocente, me han traspasado también el corazón y el alma.
Fuiste una de las primeras personas que conocí a mi llegada a Roma, en los pasillos del «Angelicum» [la Universidad Pontificia de Santo Tomás, ndr.], donde nos conocimos y donde bebíamos juntos nuestro «capuchino» en la cafetería de la universidad. Tú me habías impresionado por tu inocencia, tu alegría, tu sonrisa tierna y pura que no te abandonaba nunca.
Yo no puedo dejar de imaginarte sonriente, feliz, lleno de alegría de vivir. Ragheed para mí es la inocencia hecha persona, una inocencia sabia, que lleva en su corazón las preocupaciones de su pueblo infeliz. Recuerdo el día en el comedor de la universidad, cuando Irak estaba bajo embargo y tú me dijiste que el precio de un solo «capuchino» habría podido colmar las necesidades de una familia iraquí durante todo un día, como si te sintieras de algún modo culpable de estar lejos de tu pueblo asediado y de no compartir sus sufrimientos...
Luego volviste a Irak, no sólo para compartir con la gente su destino de sufrimientos, sino también para unir tu sangre a la de miles de iraquíes que mueren cada día. No podré nunca olvidar el día de tu ordenación en la Universidad Urbaniana... Con lágrimas en los ojos, me dijiste: «Hoy he muerto para mí»… una frase muy dura.
Inmediatamente no la comprendí bien, o quizá no la tomé en serio como habría debido... Pero hoy, a través de tu martirio, he comprendido esta frase… Tú has muerto en tu alma y en tu cuerpo para resucitar en tu bienamado y en tu maestro y para que Cristo resucite en ti, a pesar de los sufrimientos y las tristezas, a pesar del caos y la locura.
¿En nombre de qué dios de la muerte te han matado? ¿En nombre de qué paganismo te han crucificado?… ¿Sabían verdaderamente lo que hacían?
Oh Dios, nosotros no te pedimos venganza o represalia, sino victoria… victoria de lo justo sobre lo falso, de la vida sobre la muerte, de la inocencia sobre la perfidia, de la sangre sobre la espada… Tu sangre no habrá sido derramada en vano, querido Ragheed, porque ha santificado la tierra de tu país… y tu sonrisa tierna seguirá iluminando desde el cielo las tinieblas de nuestras noches y anunciándonos un mañana mejor.
Te pido perdón, hermano, pero cuando los vivos se encuentran, creen que tienen todo el tiempo para conversar, visitarse y decirse los propios sentimientos y los propios pensamientos… Tú me habías invitado a Irak… Yo soñaba siempre con ello... visitar tu casa, a tus padres, tu despacho… No habría nunca pensado que sería tu tumba la que un día visitaría o que habrían sido los versículos de mi Corán los que recitaría para el reposo de tu alma...
Un día, te acompañé a comprar objetos de recuerdo y regalos para tu familia en vísperas de tu primera visita a Irak tras una larga ausencia. Tú me habías hablado de tu trabajo futuro: «Querría reinar sobre la gente sobre la base de la caridad antes que de la justicia», me habías dicho. Entonces me era difícil imaginarte como «juez» canónico… Pero hoy tu sangre y tu martirio han dicho su palabra, veredicto de fidelidad y de paciencia, de esperanza contra todo sufrimiento y de supervivencia, a pesar de la muerte, a pesar de la nada.
Hermano, tu sangre no ha sido derramada en vano... y el altar de tu iglesia no era una mascarada… Tú has asumido tu papel con profunda seriedad, hasta el final, con una sonrisa que nada podrá apagar… nunca.
Tu hermano que te quiere:
Adnan Mokrani
Roma, 4 junio 2007
Profesor de Islam en el Instituto de Estudios de las Religiones y de las Civilizaciones, Universidad Pontificia Gregoriana, Roma.
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Cristianos de Iraq
Lo asesinaron en Mosul, junto a tres de sus subdiáconos. En un Irak devastado, era un hombre cristiano de fe límpida y valiente. por Sandro Magister
ROMA, 5 de junio del 2007 – Lo han asesinado el domingo después de Pentecostés, después de que había celebrado la misa en la iglesia de su parroquia dedicada al Espíritu Santo, en Mosul.
Han matado al Padre Ragheed Ganni, sacerdote católico caldeo, junto a los tres subdiáconos que estaban con él, Basman Yousef Daud, Wahid Hanna Isho, Gassan Isam Bidawed. Los asaltantes alejaron a la esposa de este último y abatieron a los cuatro a sangre fría. Después colocaron en torno a sus cuerpos cargas de explosivo auto-detonables para que ninguno osara acercarse. Sólo tarde por la noche la policía de Mosul pudo desactivar los artefactos explosivos y recoger los cuerpos.
La Iglesia caldea los ha llorado inmediatamente como mártires. Desde Roma Benedicto XVI ha rezado. El Padre Ragheed era uno de los testimonios de vida cristiana más límpidos y valientes en un país de los más devastados.
Nació en Mosul hace 35 años. Graduado en ingeniería en la universidad local en 1993, del 1996 al 2003 estudió teología en Roma en el Angelicum, la Universidad Pontificia Santo Tomás de Aquino, consiguiendo la licenciatura en teología ecuménica. Además del árabe, hablaba correctamente el italiano, francés e inglés. Era corresponsal de la agencia internacional “Asia News”, del Pontificio Instituto Misiones Exteriores.
El día después de su martirio “Asia News” publicó este retrato de él:
"La Eucaristía nos dona nuevamente la vida que los terroristas buscan quitarnos"
“Sin domingo, sin Eucaristía los cristianos en Irak no pueden vivir”: el Padre Ragheed contaba así la esperanza de su comunidad acostumbrada cada día a ver a la muerte cara a cara, la misma muerte que ayer en la tarde a afrontado él, regresando de la misa.
Después de haber nutrido a sus fieles con el cuerpo y la sangre de Cristo, ha donado también su propia sangre, su vida por la unidad de Irak y por el futuro de su Iglesia.
Con pleno conocimiento este joven sacerdote había escogido permanecer junto a sus fieles, en su parroquia dedicada al Espíritu Santo, en Mosul, considerada la ciudad más peligrosa de Irak, después de Bagdad. El motivo es simple: sin él, sin el pastor, la grey se habría descarriado. En la barbarie de los kamikazes y de las bombas al menos una cosa era segura y daba fuerza para resistir: “Cristo – decía Ragheed – con su amor sin fin desafía el mal, nos mantiene unidos, y a través de la Eucaristía nos dona nuevamente la vida que los terroristas buscan quitarnos”.
Murió ayer, masacrado por una violencia ciega. Asesinado regresando de la iglesia, donde la gente – aunque siempre menos, siempre más desesperada y asustada – continuaba reuniéndose como podía.
“Los jóvenes – decía Ragheed hace algunos días – organizan la vigilancia después de los diferentes atentados ya sufridos por la parroquia, los secuestros y las amenazas interrumpidas a los religiosos. Los sacerdotes dicen la misa entre las ruinas causadas por las bombas. Las mamás, preocupadas, ven a sus hijos desafiar los peligros yendo a la catequesis con entusiasmo. Los viejos vienen a confiar a Dios las familias que fugan de Irak, el país que ellos – por el contrario – no quieren dejar, solidamente radicados en las casas construidas con el sudor de años. Impensable abandonarlas”.
Ragheed era como ellos, como un padre fuerte que quiere proteger a sus hijos: “El no desesperar es nuestro deber. Dios escuchará nuestras súplicas por la paz en Irak”.
En el 2003 después de los estudios en Roma decidió regresar a su país, “porque allí esta mi lugar”. Regresó también para participar en la reconstrucción de su patria, en la reconstrucción de una “sociedad libre”. Hablaba de Irak lleno de esperanza, con su sonrisa cautivadora: “¡Cayó Saddam, hemos elegido un gobierno, hemos votado una Constitución!”. Organizaba cursos de teología para laicos en Mosul; trabajaba con los jóvenes; consolaba a las familias pobres. En este último mes estaba trabajando para hacer curar en Roma a un niño con graves problemas de vista.
Su testimonio es el de una fe vivida con entusiasmo. Objetivo de repetidas amenazas y atentados desde el 2004, ha visto sufrir parientes y desaparecer amigos, y sin embargo hasta el último ha seguido recordando que también ese dolor, esa carnicería, esa anarquía de la violencia, tenía un sentido: debía ofrecerse.
Después de un ataque a su parroquia, el pasado domingo de Ramos, 1º de abril, decía: “Nos hemos sentido como Jesús cuando entra a Jerusalén, sabiendo que la consecuencia de Su amor por los hombres será la Cruz. Así nosotros, mientras los proyectiles atravesaban los vidrios de la iglesia, hemos ofrecido nuestro sufrimiento como signo de amor a Jesús”.
También contaba hace pocas semanas: “Esperamos cada día el ataque decisivo, pero no dejaremos de celebrar la misa. Lo haremos incluso bajo tierra, donde estamos más seguros. En esta decisión soy alentado por la fuerza de mis parroquianos. Se trata de una guerra, una guerra de verdad, pero esperamos llevar esta Cruz hasta el fin con la ayuda de la Gracia divina”.
Y entre las dificultades cotidianas él mismo se maravillaba de llegar así a comprender en modo más profundo “el gran valor del domingo, día del encuentro con Jesús Resucitado, día de la unidad y del amor entre nosotros, del sostén y de la ayuda”.
Después los autos-bomba se multiplicaron; los secuestros de sacerdotes en Bagdad y en Mosul se hicieron siempre más frecuentes; los sunitas empezaron a pedir una tasa a los cristianos que quieren permanecer en sus casas, so pena la confiscación por parte de los militares. Sigue faltando la electricidad, el agua, la comunicación telefónica es difícil. Ragheed comienza a cansarse, su entusiasmo se debilita. Hasta que, en su último correo a “Asia News”, el 28 de mayo pasado, admite: “Estamos por derrumbarnos”. Y cuenta de la última bomba caída en la iglesia del Espíritu Santo, precisamente después de las celebraciones del día de Pentecostés, el 27 de mayo; de la “guerra” desatada una semana antes, con 7 autos-bomba y 10 artefactos explosivos en pocas horas; del toque de queda que por tres días “nos ha tenido prisioneros en nuestras casas”, sin poder celebrar la fiesta de la Ascensión, el 20 de mayo.
Se preguntaba en cual sendero había desembocado su país: “En un Irak sectario y confesional, ¿qué puesto se les dará a los cristianos? No tenemos soporte, ningún grupo que se bata por nuestra causa, estamos solos en este desastre. Irak ya está dividido y no será más lo mismo. ¿Cuál es el futuro de nuestra Iglesia?”
Pero después confirmando la fuerza de su fe, puesta a prueba pero segura: “Puedo equivocarme, pero tengo la certeza de que una cosa, una sola cosa es verdad siempre: que el Espíritu Santo seguirá iluminando algunas personas para que trabajen por el bien de la humanidad, en este mundo tan lleno de mal”.
Querido Ragheed, con el corazón que grita de dolor, tú nos dejas esta esperanza y certeza tuyas. Golpeándote a ti han querido aniquilar la esperanza de todos los cristianos en Irak. En cambio, con tu martirio, tú nutres y donas nueva vida a tu comunidad, a la Iglesia iraquí y a la universal.
¡Gracias, Ragheed!

(Aciprensa)