
Icono del sufrimiento, imagen del amor de Dios...
(...) «Lo que cuenta por encima de todo para el creyente es que la Sábana Santa es un espejo del Evangelio.
En efecto, si se reflexiona sobre este Lienzo Sagrado, no puede uno impedir el considerar que la imagen que está ahí reproducida tiene una relación muy profunda con lo que los Evangelios cuentan de la Pasión y de la Muerte de Jesús y que todo hombre sensible llega a sentirse interiormente conmovido y emocionado al contemplarlo.
La Sábana Santa constituye, por tanto, un signo verdaderamente singular que remite a Jesús, la Palabra verdadera del Padre e invita a modelar la propia existencia sobre la de Aquel que ha dado la suya por nosotros. En el Sudario, se refleja la imagen del sufrimiento humano. Recuerda, al hombre moderno, frecuentemente distraído por el bienestar y las conquistas tecnológicas, el drama de tantos hermanos y le invita a interrogarse sobre el misterio del sufrimiento para profundizar en sus causas.
Las huellas del cuerpo atormentado del Crucificado, dan testimonio de la terrible capacidad del hombre para procurar el sufrimiento y la muerte de sus semejantes, se impone como imagen del sufrimiento del inocente de todos los tiempos: innumerables tragedias que han marcado la historia pasada y los dramas que continúan en el mundo (...) Al evocar estas dramáticas situaciones, la Sábana Santa no solamente nos empuja a salir de nuestro egoísmo, sino que nos lleva a descubrir el misterio del sufrimiento que, santificado por el Sacrificio de Cristo, engendra la salvación para toda la humanidad.
El Santo Sudario, además de una imagen del pecado del hombre, es una imagen del amor de Dios. Nos invita a redescubrir la causa última de la muerte redentora de Jesús. En el inconmensurable sufrimiento que testimonia, el amor del que tanto ha amado al mundo hasta el punto de darle a su Hijo único (Jn. 3, 16), hace «quasi» palpable y manifiesta sus sorprendentes dimensiones. Ante él, los creyentes no pueden dejar de exclamar con toda verdad: «Señor, Tú no podías amarme más», y darse cuenta al momento que la responsabilidad de este sufrimiento incumbe al pecado, a los pecados de cada ser humano( ...).
Cada uno enmudece ante el pensamiento de que ni siquiera el Hijo de Dios ha podido resistir a la fuerza de la muerte, pero todos nos hemos emocionado ante el pensamiento de que Él ha participado de tal manera en nuestra condición humana que ha querido someterse a la impotencia total del momento en que la vida se apaga. El Santo Sudario es una imagen del silencio. Hay un silencio trágico de la incomunicabilidad que tiene en la muerte su mayor expresión y hay el silencio de la fecundidad que es el propio de aquél que renuncia a hacerse oír en el exterior para integrarse en las profundas raíces de la verdad y de la vida.
El Santo Sudario expresa, no solamente el silencio de la muerte, sino también, el silencio valeroso y fecundo del desprecio de lo efímero, gracias a la inmersión total en el eterno presente de Dios. De esta manera nos ofrece la confirmación emotiva del hecho de que el todopoderoso poder misericordioso de nuestro Dios, no se ha detenido ante ninguna fuerza del mal, sino que por el contrario, sabe hacer concurrir para bien a la misma fuerza del mal(...)»
(Extracto de la meditación de Juan Pablo II ante la Sábana Santa de Turín , el 24 de mayo de 1998)