jueves, 1 de mayo de 2008

Beato Rafael

«Hoy he salido de casa cuando empezaba a anochecer.
Atravesé las calles principales de la ciudad, y un poco aturdido del barullo del gentío, de los coches y de las luces, me dirigí donde mi espíritu necesitaba, a la casa de Dios.
Ésta estaba casi desierta; una beata mascullaba oraciones delante de un altar mal alumbrado; otro grupo de mujeres cuchicheaba, junto a un confesionario, y el Señor, Dios de la creación, el juez de vivos y muertos, estaba en el Sagrario olvidado de los hombres…
En la paz y en el silencio del templo, mi alma se abandonaba a Dios. Veía pasar por delante de mí todas las miserias y todas las desgracias de los hombres, sus odios y sus luchas, y pensaba que si este Dios que se oculta en un poco de pan no estuviera tan abandonado, los hombres serían más felices, pero no quieren serlo».
(Beato Rafael)
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